# Tres
- 2013

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Ciudades controladas

RESUMEN: Este texto pretende analizar la relación que se establece entre la organización y la estructuración de los espacios urbanos mediante la arquitectura y el urbanismo, y la homogenización corporal y la exclusión social que se da en las ciudades. Una situación que adquiere unas características especiales gracias a la generalización de una tecnología cibernética capaz de modificar profundamente las relaciones espacio-temporales más cotidianas. Ante esta situación, es altamente significativa la plasmación de geografías disidentes por parte de algunos artistas y arquitectos que posibilitan la creación de espacios más plurales y ambiguos.

PALABRAS CLAVE: arquitectura, cuerpo, sexualidad, control, disciplina, tecnología cibernética, geografías disidentes, Francesc Ruiz.


“Las ciudades y las sexualidades configuran y son configuradas por las dinámicas de la vida social. Ambas reflejan las maneras en que la vida cotidiana está organizada, los modos en que es representada, percibida y entendida, y las formas en que los diferentes grupos hacen frente y reaccionan ante esas condiciones” (Lawrence Knopp, 1995: 149).


La planificación del espacio urbano (presentada, a menudo y de un modo interesado, como una ordenación meramente técnica) debe ser considerada como una de las tecnologías de dominación que tiene que estar continuamente tratando de resolver muy diferentes problemas, entre ellos los relacionados con los aspectos de inclusión o exclusión, de visibilidad u ocultación, de control o sumisión, entre los que se desenvuelven los ciudadanos. No hay que olvidar que las diferentes formas de actividad humana imponen significados y transforman un espacio ‘mental’ en un paisaje arquitectónico específico lleno de significado político. Y para ello es fundamental, tal como señala el arquitecto norteamericano Joel Sanders (1996), la hegemonía de los hombres para acceder al domino de la visión, ya que ésta se conforma como un privilegio cultural que consigue que permanezca el control masculino sobre la distribución espacial de la mirada y la construcción arquitectónica de la masculinidad. Por ese motivo, la ordenación urbana (uno de los instrumentos de opresión más efectivos) consigue, a través de la mirada masculina (hegemónica), consolidar sus órdenes lingüísticos y ser la portadora del sentido, es decir, la que constituye el modo y la manera en que se mira y cómo se mira a la hora de construir la ciudad.

Durante siglos, la mirada al servicio del orden patriarcal ha estado dominando el orden social, proyectando los roles culturalmente establecidos y mostrando una única manera de relacionarnos, movernos y organizarnos en el espacio. Una única manera con la cual nos debíamos identificar y llevar a cabo la inscripción normativa de nuestro cuerpo en el entorno social o la marginación del mismo, ya que cada sociedad se define no sólo por lo que incluye y apoya, sino también por lo que excluye e ignora. Así, en ese contexto, los cuerpos ‘desviados’ o las actitudes ‘equivocadas’ tienen muchas dificultades para encontrar modelos u objetos de identificación en este proceso espacial y cultural identitario pues, generalmente, no existe un lugar para ellos. La unicidad de pensamiento se enfrenta a cualquier atisbo de heterogeneidad e impone las señas de identidad de la masculinidad como medida y razón de ser de cualquier actitud y ocupación de la ciudad. Como ha escrito la profesora Diane Agrest (1996: 49-68), el antropomorfismo masculino es el que sustenta el sistema arquitectónico occidental desde Vitrubio, el cual establece un orden simbólico constructivo en el que el cuerpo de la mujer y el de las minorías están ausentes, reprimidos u olvidados.

Sin embargo, en estos últimos años las cosas están cambiando y lo que permanecía oculto se revela o, al menos, parece susceptible de discusión. Nuevos conceptos espaciales empiezan a abrirse camino, se apropian de los órdenes clásicos y los subvierten en nuevas y liberadoras propuestas que inciden en la expresión y seducción de los cuerpos, de todo tipo de cuerpos. En este sentido, conseguir la perturbación de la mirada masculina es un aspecto fundamental en el intento por modificar las configuraciones de las fronteras espaciales ya que, de este modo, se pueden desestabilizar las contradicciones binarias de las que dependen los códigos narrativos y las teorías convencionales del espacio, al tiempo que se posibilita la creación de nuevas maneras de mirar mucho más ricas y plurales.

Nuevas maneras de mirar que, a menudo, cuestionan lo establecido y por ello se entienden como peligrosas para el orden instituido, lo que ha originado que el espacio urbano se asemeje, cada día más, a un inmenso lugar en el que cada presencia crítica es entendida como una amenaza que debe ser controlada y vigilada. Las pesadillas de la sociedad de vigilancia, planteadas por el filósofo francés Michel Foucault en la figura del Panóptico, han superado todos los pronósticos de tipo carcelario para incluir cualquier espacio urbano (real o virtual) en el que aparece el cuerpo para registrarlo, controlarlo y domesticarlo. Actualmente, los cuerpos, todos los cuerpos, cualquier cuerpo, han quedado reducidos a un código cifrado por un enorme y complejo GPS que rastrea, señala y persigue cualquier movimiento realizado en la ciudad, por pequeño que éste sea. Se trata de la introducción de formas limpias y racionales de control social que sutilmente se incrustan en las actitudes y en los hábitos personales de todos nosotros, en las que la visibilidad permanente se convierte en una trampa en la que la multitud, inconexa e indiferenciada, es reemplazada por una serie de individuos separados, reconocibles y marcados. Se crea así una tecnología del sometimiento sutil y calculado, con unos métodos que conforman y recorren sin interrupción toda la estructura social urbana.
Estamos hablando de un poder que ya no basa su fuerza en la represión exterior, sino en algo más incorpóreo pero más efectivo, como es la propia coerción, el propio sometimiento; un poder que consigue, al estar difundido en el cuerpo social y actuar directamente sobre el individuo, hacer posible que cada persona se convierta en su propio vigilante. Y ello es así porque su fuerza reside en ejercerse espontáneamente y sin aspavientos, en que sustituye la violencia o la coacción externa por la disciplina interna. De este modo, eso que podríamos considerar como un ‘panoptismo’ global trata de conseguir una sociedad atravesada completamente por mecanismos disciplinarios (tales como la vigilancia jerárquica, el registro continuo, el juicio y la clasificación perpetuos) y dominada por unos efectos de poder que prolongamos los propios ciudadanos. En definitiva, estamos hablando de métodos disciplinarios y procedimientos de examen constantes que consiguen convertir a los individuos en seres dóciles y útiles a los intereses marcados. En esta sociedad disciplinaria y de control que tanto Michel Foucault como, posteriormente, Gilles Deleuze plantearon, el poder ya no funciona tanto a través de la represión del deseo como mediante la clasificación, tabulación y organización de ese deseo.
De este modo, el papel de la arquitectura como estructura orgánica para la organización de la ciudad, y el ejercicio del poder, también se han ido modificando. Así, el muro que separaba claramente el espacio interior del exterior se ha ido deteriorando y se han abierto amplios orificios que permiten contemplar lo que sucede dentro de la esfera privada, a la vez que condicionan la permanente teatralización de la vida contemporánea.

Estamos viendo cómo, bajo la influencia de los medios de comunicación y las cámaras de vigilancia, la consistencia espacial del interior se está disolviendo y sus habitantes se están convirtiendo en personajes que actúan en tiempo real. Podemos constatar cómo, desde la popularización de las estructuras trasparentes en los edificios modernos hasta la inclusión de sofisticadas tecnologías de control en los espacios contemporáneos, se ha ido creando una nueva codificación del exhibicionismo público y del voyeurismo, así como una internalización de los imperativos disciplinarios. De igual modo, con esta transformación espacial, la relación de la población con las tecnologías de la mirada está cambiando de modo ostensible. Ahora, la vigilancia y el control permanente se han impuesto socialmente como algo positivo y han perdido gran parte de sus características más negativas al ser vistos no tanto como una imposición de un Estado que vigila, sino como el producto de una sociedad mediatizada que observa. De esta manera, la cada vez mayor demanda de seguridad y de protección por parte de la comunidad permite dar legitimidad a cualquier intrusión en la esfera de lo privado en aras del denominado bien común.

Fig. 1- THE YAOIS 721-756 (PIERNAS CÓMIC
2011 IMPRESIÓN DIGITAL | 200 x 140 cm.

Hoy en día parece que la autoridad tan sólo es tolerable si posee la habilidad para esconder sus propios mecanismos y consigue hacer pasar por el deseo general aquello que no es más que la legitimación de su poder específico. Como digo, ya no se trata de una relación de poder basada en la dominación evidente de una persona sobre otra, sino de un concepto de poder disperso y difuso a través del cuerpo social que utiliza las propias capacidades del sujeto para su propia represión. Un poder capaz de construir sujetos dóciles y operar mediante prácticas sociales y espaciales que se propagan a todos los rincones de la experiencia vital, un bio-poder que controla al sujeto en profundos niveles biológicos, disciplina sus gestos corporales, organiza sus hábitos y vigila sus deseos. Un poder que se concreta mediante la regulación de las experiencias vitales a través de la creación o regulación de fichas, análisis, estadísticas, censos, estudios, bases de datos… que procesan todo tipo de información y que recogen todo tipo de aspectos (desde los nacimientos, las migraciones, la fecundidad, el envejecimiento, las prácticas sociales y sexuales, el acceso a la cultura…). Ahora, en estas sociedades de consumo en la que vivimos, ya no es tan necesario el control de los cuerpos mediante el castigo – es decir, mediante el derecho de muerte – como el poder sobre la vida, sobre el control de las poblaciones y sus deseos. Las nuevas tecnologías refuerzan y dotan cada vez de mayor sentido a este tipo de sociedad que, apoyándose en el discurso de la seguridad y la prevención, dice garantizar la misma vida que controla.

En este proceso la sociedad actual decreta la crisis de las instituciones precedentes y funciona con un control al aire libre, sustituyendo a las antiguas disciplinas que operaban en la demarcación de un sistema cerrado. Después de la Segunda Guerra Mundial, la lógica que presidía las instituciones disciplinarias se desparramó por todo el campo social, prescindiendo del encierro y asumiendo modalidades más fluidas, flexibles o tentaculares. Si antes lo social era recortado y estructurado por las instituciones configurando un espacio estriado, ahora navegamos en un espacio abierto, sin fronteras demarcadas por las instituciones (un espacio liso). Si la sociedad disciplinaria forjaba moldes fijos y circuitos rígidos, la sociedad de control funciona con redes modulables. La lógica que antes estaba restringida a la prisión ahora abarca el campo social entero, como si la sociedad se hubiese convertido en una zona de vigilancia permanente. Es lo que Gilles Deleuze (1999: 277-281) denomina como un “poder de modulación continua”; así, si en las sociedades disciplinarias el empeño se dirigía a moldear los cuerpos a determinados modelos y verdades, en las sociedades de control los moldes y los modelos no llegan nunca a constituirse total y definitivamente.

Vivimos en la época del imperio de las pantallas y de los programas por satélite, de la tecnología cibernética y de Internet, en el turno ‘óptico’ de una sociedad guiada, cada vez más, por el bombardeo incesante de las imágenes. Es la constatación de la omnipresencia del ojo de la cámara, que nos vigila permanentemente mediante unas tecnologías orwellianas utilizadas para observar y controlar el movimiento de millones de ciudadanos en los diferentes momentos de la vida diaria: en la regulación del tráfico, en los grandes almacenes, en las zonas peatonales, en los aeropuertos y estaciones de viajeros, en todo tipo de información bancaria, en los usos y consultas de las tarjetas de crédito, en las escuchas telefónicas, en los correos electrónicos… Así, nos encontramos con que habitamos en unas sociedades de control basadas en procedimientos ubicuos de seguimiento electrónico y recopilación de datos, procesos de vigilancia miniaturizados y móviles, es decir, bajo la mirada de un despliegue de sistemas que tienen como función fundamental la modulación del flujo de experiencias vitales de todas y cada una de las personas.

Cada día resulta más evidente lo difícil que es escapar a la mirada controladora y a las redes de vigilancia que son capaces de penetrar hasta el último rincón de la experiencia humana para saciar los deseos voyeuristas de los vigilantes del orden. Resulta sorprendente comprobar cómo se está instaurando en la existencia cotidiana una “ecología del miedo” (como diría Mike Davis, 2007) que justifica el control de cualquier acto y/o espacio, por nimio o pequeño que éste sea. Así, cualquier aspecto de la vida privada puede ser sacado a la esfera pública y cualquier acto puede ser grabado u observado sin previo aviso, muy especialmente aquél que se escapa de los límites normativos o que exceden las fronteras de lo permitido. Todo ello ayuda a generalizar la sospecha, a favorecer la delación, a incluir a los vecinos de un barrio en las labores de vigilancia, a desconfiar de los extraños o a estigmatizar a un grupo social u otro. Con estas actitudes se alienta una obsesión desmedida por la seguridad que puede llegar a significar el sacrificio de las libertades políticas o sociales.
Y en este proceso de dominación, sutil pero global, es fundamental la complicidad de la arquitectura (ya que la organización del espacio y del tiempo posibilita la estructuración de la disciplina corporal) para elaborar diversas técnicas que consigan fijar a la gente en lugares precisos y reducirlos a un cierto número de gestos y hábitos. Por ello, y teniendo en cuenta que la experiencia práctica del cuerpo en el espacio es la primera relación desde la cual todas las demás concepciones ambientales son construidas, podemos decir que nuestro concepto de espacio emerge de la acción, de una cierta posesión del mundo por el propio cuerpo. En este sentido, es importante destacar cómo las importantes transformaciones que están sufriendo las ciudades contemporáneas en los últimos años se refieren no sólo a un cambio de escala o de paradigma, sino que implican, fundamentalmente, una trascendental transformación tecnológica que está teniendo como consecuencia unas arquitecturas más fluidas que tienden a abolir las distancias y a hacer del espacio urbano algo indiferenciado, un espacio sin lugar en el que triunfan las redes virtuales y multisensoriales.

Fig. 2- THE YAOIS 685-720 (PIERNAS)
2011 IMPRESIÓN DIGITAL | 200 x 140 cm.

Al mismo tiempo, la percepción de la ciudad adquiere su significado más evidente en función de dónde se sitúan los límites diseñados por la movilidad de cada sector social, marcado por las sensaciones de seguridad, inseguridad o peligro que cada uno de ellos experimenta en las calles. Así, y ante el temor de un uso libre (y sexual) de los espacios, la moral y el orden hegemónico necesitan acotar, señalar, encasillar, registrar, controlar y censurar las actividades que se realizan en cada lugar y vigilar que ‘se respeten las reglas del juego’, que nadie se salga ni se salte las normas establecidas por la autoridad. Actualmente casi todo se puede hacer, especialmente si se posee una Visa Oro y siempre y cuando se haga en los lugares previamente señalados. El problema no está tanto en lo que se hace sino en dónde se hace. Así, mientras no se sepa, no se vea, no se haga visible, no ocupe un espacio público, uno puede hacer en su casa o en un espacio cerrado (en el mundo de lo privado) lo que le parezca pero, eso sí, fuera de los ojos de la sociedad. Uno de los mayores temores del poder establecido es el desorden, es decir, que no existan unas normas claras, unos espacios acotados, unas actitudes marcadas, unos géneros concretos, unas sexualidades definidas… que se pongan en duda las reglas que definen y separan lo permitido de lo prohibido. Por esta razón, es muy interesante observar la vinculación que el poder social establece entre sexualidad, espacio público o vigilancia y entender la obsesión manifiesta que tiene la autoridad por acabar con la difusión o la visualización de cualquier manifestación sexual, especialmente las que no son mayoritarias, en los escenarios urbanos (tales como urinarios de estaciones de tren o centros comerciales, vestuarios de gimnasios, parques y jardines e, incluso, la calle). Es la instauración de una mirada inspeccionadora sobre el deseo, un deseo que no se debe mostrar, ni mucho menos ejercer, públicamente.

Sin embargo, también es cierto que en esta nueva sociedad cibernética en la que vivimos se empieza a producir una clara erosión de la distinción tradicional entre lo que se entiende que son los espacios públicos y privados. El incremento del poder de la tecnología de la observación está confundiendo ambos espacios y los está haciendo converger en uno nuevo que no es ni una cosa ni otra, ni público ni privado, pero que sirve para aumentar de un modo significativo los mecanismos de control social (José Miguel Cortés, 2010). Una tecnología que nos permite ver y oír a través de las paredes debe hacernos cambiar nuestras ideas no sólo sobre lo que se considera el ámbito de lo privado, sino incluso sobre el concepto mismo de los límites espaciales. La penetrante influencia de una sociedad computerizada aumenta considerablemente todo aquello que somos capaces de observar, lo que sabemos y dónde podemos saber más y más rápidamente, pues supone que podemos conocer (en tiempo real) lo que sucede en cualquier esquina del planeta, estar informados de comportamientos ajenos o participar en toda iniciativa, por peregrina que pueda ser, surgida en cualquier lugar del mundo. No nos hace falta salir a la calle; las webcams (o el Skype) nos permiten viajar sin movernos de nuestras pantallas, hablar o tener relaciones con individuos que no sabemos ni dónde viven, teletransportarnos en todas direcciones, diluir los límites de la privacidad y mirar sin miedo a ser descubiertos. Estos instrumentos tecnológicos son una clara invitación a prodigarnos, travestirnos, multiplicarnos, confundirnos y diluirnos en la relación y el conocimiento de otras personas. Si queremos, todo lo podemos hacer desde casa y a través de múltiples pantallas, ya que estamos creando una ciudad virtual inmensa donde parece que no hay ninguna restricción; las posibilidades de actuación parecen infinitas y la sensación de libertad también.
De todos modos, y si bien es cierto que la utilización de estos nuevos medios tecnológicos (tales como hablar con los teléfonos móviles o smartphones, el navegar/chatear por la Red, utilizar los sms, whatsapps o el face to face), nos permite nuevas fuentes de información o nuevas formas de conocimiento y comunicación, tampoco lo es menos que su uso puede suponer que todos nuestros actos puedan ser interceptados y que nos tengan siempre localizados e identificados (a través de los productos que compramos, las lecturas que realizamos, las páginas web que visitamos, los contactos que hacemos...), lo que les sirve para construir un perfil completo de nuestros comportamientos, gustos, ideas o creencias. Es decir, que los medios que nos abren nuevas perspectivas y experiencias hasta hace muy poco tiempo insospechadas nos hacen también, y al mismo tiempo, más vulnerables a la vigilancia y al control exterior. Los ordenadores, en combinación con las bases de datos y determinadas técnicas estadísticas, están contribuyendo a crear una nueva época de la vigilancia masiva que se caracteriza por trascender el tiempo, la distancia o las barreras físicas y por ser casi invisible, más flexible, intensiva y extensiva que las técnicas conocidas hasta ahora. Así, los sistemas de control y vigilancia basados en la acumulación y el cotejo de datos (más o menos fragmentados y parciales) o en la unión de registros informáticos distintos sobre cada persona, permiten extraer conclusiones y formular juicios que hacen posible construir sofisticados perfiles personales como un método de control directo realmente sofisticado y eficaz.

Los importantísimos progresos en la tecnología de la información y las comunicaciones ofrecen unas posibilidades de conocer la vida y los intereses de cualquier ciudadano, absolutamente impensables hasta hace muy pocos años. Vivimos en una sociedad líquida en la que la información y la comunicación viajan intensa y extensamente a una velocidad inusitada y en la que Internet es un instrumento mucho menos seguro y controlable de lo que pudiéramos pensar. Entre otras razones, porque los grandes buscadores (tales como Google, Yahoo o Aol) almacenan los datos de los internautas y controlan sus direcciones de IP, lo que los convierte en un almacén de datos realmente espectacular (por la cantidad de información sensible sobre millones de personas) y apetecible para cualquier organismo ávido de conocer los hábitos (de consumo o comunicación) de sectores sociales específicos o determinados ciudadanos concretos. De tal modo que, con una clara intencionalidad política, los diferentes gobiernos de todo el mundo están obligando (de un modo más o menos sutil y con la excusa del terrorismo y la seguridad) a todos los proveedores de servicios de comunicación a mantener una capacidad de interceptación permanente. Cuando usamos Internet tenemos la sensación de no estar en ningún lugar y de que todo adquiere un carácter virtual, pero eso no es tan cierto como parece. Al menos, hoy por hoy, las conexiones son reales, sufren las fronteras nacionales y padecen las restricciones de los diferentes gobiernos (el reciente deseo de Twitter de censurar opiniones críticas en determinados países es uno de los últimos intentos de control de la red). A pesar de lo que en algún momento pudiéramos pensar, somos como los recluidos dentro de un enorme espacio panóptico sin fronteras, habitantes de un entorno global alta y cuidadosamente vigilado las veinticuatro horas del día por unos aparatos tecnológicos cada vez más pequeños, casi invisibles, pero cada día más potentes.

En estas circunstancias es necesario ser capaces de proyectar diferentes sistemas representacionales del tejido urbano y social que ensanchen y superen las fronteras que estratifican y organizan los espacios y el tiempo de la vida en las ciudades del siglo XXI. Un buen ejemplo del deseo de recrear geografías distintas a las que estamos acostumbrados y que, a menudo, se nos hacen invisibles, son las creadas por el artista español Francesc Ruiz (1971), el cual está interesado en la plasmación de esos ‘otros mapas’, diferentes a los habituales, de las ciudades en las que vive o trabaja (Barcelona, Londres, Madrid, El Cairo…). Con este objetivo utiliza el cómic como medio de expresión, aunque a menudo lo saca de su contexto tradicional para darle una visión y un formato mucho más amplio o expandido. Es decir, realiza (gracias a la inestimable ayuda de Internet y de Photoshop) unos dibujos plagados de referencias y apropiacionismos que más tarde digitaliza para convertirlos en grandes fotocopias pegadas en las paredes, conformando así inmensos (y baratos) murales de la vida cotidiana contemporánea. En sus obras (producto de la influencia de las teorías situacionistas y del cómic underground de los años setenta) desaparecen muchos de los elementos que se consideran constitutivos de lo que, mayoritariamente, se entiende como cómic: el uso de la viñeta, la onomatopeya, los globos de texto… sustituyéndolos por tramas inacabadas, situaciones fragmentadas e historias no narrativas, en un montaje un tanto sorprendente en el que se invita a la capacidad evocativa e interpretativa del espectador para discernir las situaciones, conexiones o evocaciones posibles. Según explica el propio artista en unas declaraciones a la prensa, “El cómic para mí es uno de los medios más interesantes que existen para descubrir la ciudad, sus habitantes y los recorridos que éstos hacen por ella. Dentro de una tradición situacionista me interesa el potencial del cómic como generador de derivas y de détournements” (Ruiz, 2012).

Y siguiendo estos planteamientos es como Francesc Ruiz crea sus mapas de situaciones, unos escenarios en los que se recoge con gran minuciosidad y detalle todo lo que acontece en una zona determinada. En unas historias que parecen no tener conexión aparente, el artista catalán nos muestra unas áreas urbanas seleccionadas para manifestar no sólo la pluralidad de posibilidades que ofrece cualquier gran ciudad, sino también para proyectar sueños o fantasías privadas sobre lugares específicos. Así, sus dibujos giran constantemente en torno a la relación que se establece entre la sexualidad, los géneros y la dinámica del poder. Buen ejemplo de ello son las obras Montjuïc (2003), en la que muestra la parte de la montaña de Montjuïc en Barcelona en la que se realizan multitud de encuentros gay; S/T (2008), un dibujo irónico en el que se parodia la participación de personajes famosos en la manifestación del Día del Orgullo Gay de Madrid o, también, la instalación Comic Brick (2008), un montaje de más de siete metros de longitud donde se exploran las conexiones de los cómics gay con el mundo de la construcción y el conjunto de deseos y fantasías que allí se proyectan. Francesc Ruiz echa mano de una estética abigarrada pero de limpia y sencilla ejecución en la que, por encima del inmediato impacto visual, adquiere mayor significancia un trabajado y complejo discurso (lleno de mensajes subliminales) acerca de la construcción de las culturas e identidades minoritarias en la ciudad contemporánea (Francesc Ruiz, 2009).

Aunque, posiblemente, sus dibujos más significativos en este sentido sean la serie The Yaois (2011). El término yaoi se utiliza en Japón para designar un tipo de cómic nacido en los años setenta (una variante del manga) de contenido homoerótico destinado a las mujeres y dibujado, asimismo, por mujeres. En esta serie Francesc Ruiz recrea una serie de situaciones en las que se mezclan imágenes recogidas de internet con personajes de cómic y otras procedentes de la vida real para crear escenas de contenido homosexual. Es un análisis de la iconografía homoerótica que va desde los cómics americanos de los años treinta, las ‘Biblias de Tijuana’, a los dibujos del artista Tom de Finlandia o las cubiertas de los discos del grupo pop inglés The Smiths; a esto le añade referencias a diferentes artistas contemporáneos como Julian Opie o Dan Graham junto a las peripecias de un viaje (de turismo sexual) de Tintín por Tailandia o referencias explícitas a la situación política en España… todo ello para –distorsionando su origen o significado, y gracias a la técnica situacionista del détournement–, construir un complejo entramado ideológico y social de marcado carácter crítico.

Fig. 3- THE YAOIS 577-612 (THE SMITHS)
2011 IMPRESIÓN DIGITAL | 200 x 140 cm.

De esta serie de los Yaois, son especialmente significativos los Gasworks Yaoi que realizó en la ciudad de Londres, donde ideó una especie de kiosco repleto de cómics (en realidad, decenas de portadas diferentes para el mismo cómic) de género “yaoi”, en el cual se recrea una historia sucedida en el área de Vauxhall de la capital inglesa, conocida por su carácter gay. O también la Yaoi Ayor, el cual adquiere la forma de gran mural en el que se plasman las historias de tres chicas que se desplazan al ‘gayxample’, el barrio gay de la capital catalana, con el propósito de hacer un trabajo de campo (recoger testimonios y fotografías), tanto de los edificios y locales de la zona como de los chicos que los frecuentan y las relaciones que allí se establecen. Son tres voyeuses entusiasmadas por una realidad en la que no participan pero con la que se sienten enamoradas; por esa razón, y dado que ellas no pueden forman parte de las experiencias que suceden en esa zona de Barcelona, acuerdan convertirla en una obra de ficción creando un fanzine. Este fanzine lleva por título dos palabras, ‘Yaoi’ y ‘Ayor’; la segunda posee un doble significado: por un lado, es una abreviatura de la expresión inglesa At Your Own Risk que las guías gays utilizan para marcar los espacios urbanos donde se establecen contactos sexuales anónimos; por otro, hace referencia al ‘peligro’ que estas muchachas corren por introducirse en un ambiente que no es el suyo. De este modo, Francesc Ruiz construye diferentes derivas urbanas que conforman mapas ambiguos y geografías evocadoras que rompen con las ideas hegemónicas y excluyentes de entender la ciudad contemporánea.


Bibliografía

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- Ruiz, F. (2009), Cómics de la Revolución, Lérida, Centre d´Art La Panera.
- Sánchez-Serrano, R. (2012), “Entrevista a Francesc Ruiz”, 11 de abril, Soviet Magazine. Página web recuperada el 5 de noviembre de 2013, disponible en http://www.sovietmag.com.
- Sanders, J. (Ed.), (1996), STUD, architectures of masculinity (Arquitecturas de la masculinidad), Nueva York, Princeton Architectural Press.
- Virilio, P. (2011), La administración del miedo, Barcelona, Barataria.
- Wajcman, G. (2011), El ojo absoluto, Buenos Aires, Manantial.
Blog http://www.uncoverlingatrl.org, recuperado el 5 de noviembre de 2013.