# Tres
- 2013

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Activismo/esquizoanálisis. La articulación del discurso político

RESUMEN:

PALABRAS CLAVE:


“Toda vía de entrada es también una vía de salida.”
Oyvind Fahlström

Fig.1

Fig. 1- Siguiendo las agujas del reloj: Anonymous, Occupy; Global Revolution TV; Critical Art Ensemblre

Empecemos definiendo las cosas con claridad. Un evento es una ruptura en un flujo normalizado de experiencias. El día cobra sentido con la pregunta sobre qué está pasando y por qué ocurre, o si es peligroso o emocionante, o si significa algo para uno. Los eventos pueden ser colectivos y pueden, también, ocurrir a escalas diferentes: pueden adoptar una dimension urbana, nacional o global. La ruptura intencionada del flujo normalizado de experiencias colectivas con la intención de provocar acción y debate político es lo que yo llamo eventwork (Holmes, 2012a).

Está claro que nada de esto ocurre en el vacío. La generación, la comunicación, la interpretación y la historización de los eventos es un tema candente en las sociedades de control. En ellas, los ritmos del cuerpo y los tonos de la afectividad reciben un impacto cada vez mayor de aquello que llamamos crisis: los desastres naturales, los colapsos financieros, los crímenes, el terrorismo, las guerras, etc. Los eventos se tipifican en la pantalla televisiva como si fueran fenómenos naturales o accidentes del destino pero, a la vez, secciones enfrentadas de los medios dominantes los machacan con dureza, a fin de modelar las reacciones del público y mantener a los espectadores dentro de los límites de la normalidad. Desde que estos eventos-crisis son frecuentes –y son a veces construidos a propósito– se suceden patrones de respuesta más o menos regulares cuya reiteración aporta ritmo y continuidad a la vida política. Analicemos un ejemplo reciente: sorprendentemente, la crisis financiera de 2008 desencadenó en sus inicios muy pocas protestas, incluso cuando la causa de la debacle era por todos conocida. En su lugar se impuso el escenario del desastre más corriente: un crescendo de reportajes cortoplacistas, una larga secuencia de tomas de posición legislativas, acostumbrándonos sin alternativa a los nuevos niveles de hipocresía y a la abyecta avaricia y retornando veloces a la especulación y la generación de beneficios. En el epicentro de la crisis, en los Estados Unidos, los activistas de base tardaron tres años en generar cualquier tipo de resistencia popular. Lo hicieron mediante la producción experimental y deliberada de un evento complejo, sin un fin definido y compuesto de numerosas capas: el movimiento Occupy. En pos de éste, y a la espera de otros, creo que deberíamos dedicar más atención a la forma de intervención política más efectiva con la que cuenta ahora la izquierda. Producir eventos es poner en marcha lo que se conoce como ‘medios tácticos’ (García & Lovink, 1997), un cajón de sastre de técnicas artísticas y de agitación. Además, fabricar uno mismo sus propios eventos ha sido siempre mucho más entretenido que generar cosas como lo que el ejército norteamericano ha llamado, en su característico estilo, la operación ‘libertad duradera’.

En este texto exploraré las políticas distribuidas del eventwork a través del montaje analítico, a fin de configurar cuatro dimensiones distintas y en intersección: la territorial, la organizativa, la teórica y la estética. Las tijeras que emplearé para esta operación las he tomado prestadas del escritor, terapeuta y activista postestructuralista Félix Guattari, en concreto de su extraño y hermético libro Schizoanalytic Cartographies (Cartografías esquizoanalíticas) (2013) [1], recientemente traducido al inglés. En vistas a sugerir cómo pueden ser empleados los conceptos de este libro en el futuro, revisaré también algunos de los problemas en cuya resolución ya se han aplicado. Lo que no haré será decirles “lo que Guattari en realidad pensaba”, ni sobre el esquizoanálisis ni sobre el evento. A mi parecer, la única manera de permanecer fiel a una práctica como la suya es apropiándose de ella y transformándola a conciencia.

Sociedades programadas

Si la vida social contemporánea se nos aparece como un destino que lo abarca todo, es porque su estructura viene impuesta por organizaciones con el poder de manipular la recepción de los eventos. Aunque no de modo exclusivo, esto ocurre en especial a través de los medios de masas. En Estados Unidos, este poder se ha consolidado a través de los sistemas institucionales e informativos forjados tras la Segunda Guerra Mundial, que abarcan desde los grupos de enfoque hasta los modelos del mundo de J. W. Forrester (1961, 1971) [2]. Además, fue la imposición de estos sistemas en el país y sobre el resto del planeta lo que en esencia determinó la victoria en la guerra. El principio básico que articula este fenómeno es el de los bucles de control en retroalimentación, cuya construcción sigue un orden determinado:

1. Reunir información sobre cómo una población reacciona a un rango amplio de estímulos medioambientales.

2. Construir un modelo matemático del sistema conformado por la población y su entorno.

3. Insertar nuevos elementos en el entorno real en base a hipótesis pertenecientes al modelo matemático.

4. Recopilar nueva información sobre los resultados para luego reajustar los pasos anteriores.

Aquí la idea básica no es manipular a los jugadores individuales, sino las reglas del juego (¡recuerden que se supone que vivimos en democracia!). Una empresa puede usar estas técnicas de retroalimentación para vender sus productos; un gobierno, para apoyar sus políticas. La historia de las luchas populares desde la Segunda Guerra Mundial es la de las reacciones más o menos confusas y conscientes que ha ido provocando la instalación y la evolución gradual de los sistemas estructuralizantes de retroalimentación.

En una charla pronunciada en la Documenta 13 de Kassel, Alemania, el teórico crítico Bruno Bosteels describe el estructuralismo francés de posguerra como una respuesta al auge de la teoría de sistemas y la cibernética, pues ambas aplican formalismos matemáticos al comportamiento humano. Eso puede sonar un poco extraño porque el estructuralismo, con su énfasis en la importancia primaria del código lingüístico, se centraba no sólo en la estructura como una regularidad de patrones (y por lo tanto una causa determinante del comportamiento), sino también en la manera en la que la estructura totalizadora parece “abrigar en su interior una forma de exceso interno que no puede controlar” (Bosteels, 2012). El resultado de la actividad estructuralista fue, por lo tanto, llevar más allá de sus límites a los sistemas basados en código, en un movimiento transversal y rebosante. Este impulso hacia el exceso fue claramente político. Como escribe el filósofo Étienne Balibar en un texto al que se refiere Bosteels, “era imposible formular las condiciones de entrada del campo del discurso estructural o estructuralista sin inmediatamente después ponerse a buscar la salida” (Balibar, 2005: 3).

Esta tendencia paradójica de las disciplinas del estructuralismo se convirtió en una preocupación clave para los postestructuralistas tras los ‘eventos’ de 1968 que sacudieron las bases de la filosofía y la sociedad. La gente se apresuró a buscar una salida de todo aquello. Los sociólogos de la época, como Alain Touraine, hablaban de los movimientos del 68 como movimientos de rechazo a la ‘sociedad programada’. Como él explica, “Todos los dominios de la vida social (la educación, el consumo, la información, etc.) se integran cada vez más en lo que solían denominarse factores de producción” (Touraine, 1971: 5). Esa fue la idea principal de la economía keynesiana: que la demanda efectiva de la población es la llave para la expansión de la producción. En otras palabras: el deseo del consumidor es el bucle que retroalimenta la industria, del mismo modo que la agenda del capitalismo es la ‘reestructuralización’ de nuestra existencia más íntima.

Los eventos disruptivos de los sesenta se pueden leer como equivalentes sociales a la investigación filosófica sobre aquello que provoca el desplome de una estructura: el perverso principio de disfunción, su propensión salvaje a la auto-subversión. Defender que esta ruptura ocurra en eventos generados por una sociedad, cuyos autores y causas son múltiples y, hasta cierto punto, siempre enigmáticas, no significa reinstaurar a ningún agente privilegiado con una posición de dominio y distancia estratégicos. Supone, al contrario, centrarse en la multiplicidad social como potencial indeterminado. Aquí se origina esa fuerte atracción hacia las tácticas de estrategia –y, por lo tanto, hacia aquello que ahora se conoce como ‘medios tácticos’ [3]–. Aquellos eventos desestructuralizadores repercutieron en las vidas de millones de personas, no sólo en Francia, sino a lo largo y ancho del globo. En ciudades dispersas por todo el planeta, 1968 fue el teatro de una revolución audaz pero fallida. Cuando todo hubo pasado, ya seguros, los participantes se preguntaron: ¿qué nos llevó a actuar así? ¿Qué poderes desplegamos? ¿En qué trampas caímos? ¿Y cómo podríamos ir más allá, una vez hecho lo que se hizo en las calles?

Los movimientos radicales de izquierdas que reemergieron en los noventa persiguieron explícitamente superar los puntos muertos de los sesenta y los setenta. Uno de estos callejones sin salida fueron las ideologías totalizantes (el marxismo-leninismo clásico); otro, el retiro hacia relaciones sociales arcaicas (comunalismo hippie). La revolución por venir había de ser proteica, multiforme; una revolución molecular, en términos de Guattari. En los albores de la era posmedia, la llegada de las tecnologías de la red ofreció un centelleo de nuevas posibilidades expresivas y cooperativas. Tal y como escribió en Schizoanalytic Cartographies en 1989:

“La emergencia de estas nuevas prácticas de subjetivación en una era posmedia será posible, sobre todo, por la reapropiación concertada de las tecnologías de la información y la comunicación, en la medida en la que éstas irán permitiendo cada vez más:

1. La promoción de formas de consulta y acción colectiva innovadoras, así como la reinvención de la democracia a largo plazo.

2. La miniaturización y la personalización de los aparatos, una resingularización de los medios mediatizados de expresión. Uno puede asumir, a este respecto, que será la extensión hacia una red de bases de datos lo que nos depara todavía las mayores sorpresas.

3. La multiplicación hasta el infinito de “cambios existenciales que faciliten el acceso a universos creativos mutantes” (Guattari, 2013: 42).

En resumen, Guattari creía que la ecuación ‘medios = pasividad’ tenía los días contados. Pero al principio de la experiencia de la sociedad programada, muchos se dieron cuenta de que las luchas futuras también habrían de hacer frente a técnicas nuevas y sofisticadas para canalizar la expresión, neutralizar los eventos y enderezar aquello que Michel de Certau, en la resaca del 68, llamó ‘la toma de la palabra’ (de Certeau, 1968/1998). Sin duda, la frase de de Certau es una hoja de doble filo, y es que hoy no hay una tecnología que tenga dos caras tan marcadas como internet. La promesa mesiánica de la red fue apoyada sobre todo por la industria, y no tanto por los activistas y los artistas. Además, gran parte de los medios tácticos (de Certeau, 1974/1984) participan de un sofisticado discurso crítico y satírico que aspira a desacreditar lo que un grupo como Critical Art Ensemble (2001) llamó ‘la prometedora retórica’ de la tecnología, a la vez que hacen públicas las agendas del poder corporativo y gubernamental. Una vez más estamos ante un asunto de auto-subversión: hay que subirse en la estructura para hacerla descarrilar.

Todo este discurso apunta hacia algo así como un contra-programa. Y puede que sea más grande y auto-consciente de lo que uno cree. Miremos con las gafas de Guattari y observemos no sólo las hazañas de los medios tácticos, sino también la manera en la que se anclan en territorios existenciales, eterizados en ritmos estéticos, comprometidos con los movimientos sociales de autogestión y disueltos en la crítica ácida. Intentemos hacer un mapa de los vectores principales del eventwork.

Cuatro vías de entrada

El enfoque de Guattari respecto al análisis intenta contribuir a abrir las puertas a ‘ensamblajes colectivos de enunciación’ o posibilidades para tomar la palabra. Esto no solo significa hablar en sentido estricto; puede incluir también gestos, afectos, símbolos y prácticas. La cuestión es articular algo singular, no sistematizado, que no haya sido excesivamente codificado de antemano. Se trata de articularlo de manera colectiva, en público; pero lo extraño es que Guattari se acerca a los ensamblajes colectivos a través de un ‘esquizo’, es decir, a través de una escisión, de una disociación. El esquizoanálisis lleva a cabo una separación subjetiva en cuatro dimensiones inconmesurables: territorios, universos, ‘filos’ y flujos. Son ensamblajes diferenciados y más o menos autónomos, incluso dentro de la experiencia de un solo individuo. No son funciones de ninguna causa primaria ni de ninguna energía movilizadora, pero pueden ser abordados como funtores, lo que quiere decir que pueden ser entendidos como operadores de un proceso relacional. La vida no tiene necesariamente sentido pero, en cualquier caso, todos nos movemos en ella. Veamos:

1. Territorios existenciales. Literalmente son suelos, espacios habitados del cuerpo, pasos, intervalos, agarres, sumideros y, a veces, callejones sin salida. Piensa en un paisaje, un océano, un vecindario, la esquina de una calle, las cuatro paredes de tu habitación, estática e insoportable. El territorio no es sólo una categoría de los asentamientos humanos, sino también lo es de la etología; es el hogar y el nido al mismo tiempo, es la guarida y la madriguera, la querencia cálida y familiar que tiene el poder de hacerte sentir bien y condenarte a la repetición obsesiva; es la viscosidad del sudor, el agujero negro de la ansiedad. Es crucial darse cuenta de que en la matriz de cuatro puntos que describe Guattari, los Territorios ocupan la intersección de lo real y lo virtual, a fin de poder ser expresados como los Territorios de lo Virtualmente Real. A través de su virtualidad se relacionan (o no) con otras cosas:

2. Universos incorpóreos de referencia (o de valor). Ahora hablamos de la insistencia de los ritmos, las formas, las imágenes, los patrones estéticos de toda clase, los fragmentos de poesía o las películas que regresan a nuestra memoria, como lo que Guattari llama ‘estribillos’. No es la pintura en la pared la que importa aquí, sino la que ves en la oscuridad. Estas constelaciones de Universos son siempre incompletas, están en el cuerpo pero no son de él y apuntan a horizontes fuera de su alcance. Pero, aun así, son lo que hace brillar el trance pático de la autorreferencia, de la ‘autopoiesis’: la apropiación afectiva, el proceso de singularización que a todo le da la vuelta. Intentando alcanzar más allá de lo real, éstos son los Universos de lo Virtualmente Posible. Las fronteras de un Territorio existencial pueden superarse si nos dejamos llevar por su llamada incorpórea, conectándonos (o no) con otras cosas:

3. Flujos materiales y semióticos. Éste es el dominio no sólo del habla, sino también el de la acción, en un mundo entendido no tanto como un mundo de cosas sino, más bien, de procesos, es decir, de cosas que aparecen en corrientes: signos, contables, dinero, libido, gasolina, semen, leche, electricidad... Las ciencias sociales entienden el espacio de los flujos como el ámbito de la realidad, de las instituciones, la economía, las relaciones entre clases, lo mesurable... o incluso el de las cosas que pueden ser alteradas. Así que éste es el temido reino de la representación, donde uno puede trasladarse de la intuición y el brote de los deseos a las afirmaciones concretas y las hazañas irrevocables. Estos Flujos de lo Verdaderamente Real son tan diferentes de los Territorios Virtuales como lo es la palabra que tenías en la punta de la lengua respecto a la que acabas de pronunciar. Pero, aun así, la fuerza de la realidad los conecta (o no) con otras cosas:

4. Filos abstractos y maquínicos. Llegamos al ámbito de lo simbólico, del código y de los conceptos formalizados: rizomas de ideas abstractas destinados a volverse cada vez más complejos hasta la eternidad, como la ciencia, la filosofía, las matemáticas, el derecho y todo aquello que llene los estantes de la biblioteca de Babel borgiana. La noción del ‘filo’, con sus connotaciones de metamorfosis a lo largo del tiempo, es un indicador del movimiento evolutivo. Como códigos formalizados, los Filos maquínicos existen bajo el régimen de lo Realmente Posible. Interactúan con el reino de lo material y los Flujos semióticos, pero no sólo por medio de la dialéctica que se establece entre la teoría y la práctica, sino también por medio de una relación de extrañamiento y desterritorilización donde la práctica se vuelve ajena a sí misma e ingresa en el interminable laberinto de las ideas. Parece que Guattari pensaba que las ideas abstractas guardan relación directa con los centelleantes Universos estéticos (o quizá no).

El esquizoanálisis ofrece cuatro caminos hacia la complejidad de la experiencia humana. Podrían haber sido seis o diecisiete, pero cuatro es justo el primer número después del par binario y de la tríada dialéctica de la oposición y la síntesis (también conocida como el triángulo edípico). El propósito de un modelo basado en cuatro elementos es entender la subjetividad como una matriz generativa en lugar de como un sistema calculable.

Antes de su formalización en un libro, las cartografías esquizoanalíticas fueron desarrolladas en un seminario con un grupo de terapeutas (Guattari, 2007). En ese contexto, los cuatro ensamblajes se pensaron como aspectos de la experiencia del paciente, además de como posibles puntos de entrada para el trabajo del terapeuta. La idea nunca fue llevar a cabo un mapeado instrumental que hiciera salir a la luz los contenidos no identificados en la intervención del terapeuta. Al contrario, se trataba de una actividad de ‘meta modelado’ o, en otras palabras, de una conversación con el paciente sobre los modos en los que él o ella representaba, imaginaba o quizá, incluso, bromeaba sobre distintos aspectos de su propia existencia. De este modo, el terapeuta podría experimentar con el enfoque que adoptaría frente a un ensamblaje: si lo haría de manera corporal, estética, material o discursiva, y al mismo tiempo podría permanecer sensible a los ‘componentes transicionales’ que podrían tocar o alterar a los demás. Como en la actividad estructuralista, lo que se buscaba en las entradas eran las salidas: el exceso o el derrame en una relación. Al reconocer al sujeto como esquizo, uno empieza a escuchar el ensamblaje colectivo de la enunciación incluso cuando el sujeto que habla es, aparentemente, un solo individuo. La pregunta clave aquí (cuya respuesta el Guattari activista buscó resolver toda su vida) era ésta: ¿cómo ‘toma la palabra’ una colectividad en las sociedades democráticas contemporáneas?

Tu vía de salida

Se ha vuelto complicado crear lo que se solía llamar ‘espacios públicos’ o la posibilidad de articular perspectivas divergentes en torno a una condición común. Por un lado, la estructuralización del proceso político ya se ha completado. La población de todas las naciones está permanentemente sometida a procesos de análisis, modelado, estimulación y toma de medidas, llevados a cabo por unos pocos grupos de interés que compiten y colaboran entre sí persiguiendo la obtención de resultados y a cuyos portavoces se les conoce como ‘líderes’. Mientras tanto, a las sociedades programadas del período de posguerra les ha salido una nueva arruga, gracias sobre todo al sistema financiero y a la proliferación de tecnologías en red que éste ha potenciado. Un entramado vasto y dinámico de motivaciones hiperindividualizadas se ha superpuesto sobre los escenarios de control de masas más antiguos, generando una nueva figura normalizada: la del emprendedor de sí mismo, cuyo oportunismo calculador sin límites y cuya compulsiva sonrisa servicial dejan bastante anticuado al ‘fascista que tenemos en mente’. Hoy, el mayor obstáculo a la democracia de base es la imposibilidad, tan familiar, de cuadrar las fechas para una reunión cara a cara entre cinco o más personas, lo que deja bien claro por qué se pone tanta atención en la gestión de crisis en desastres urbanos, colapsos financieros, crímenes, terrorismo, guerras, etc. El objetivo es mantener nuestros relojes desincronizados y bloquear la respuesta colectiva espontánea que una emergencia de verdad (como el cambio climático o un golpe de estado impulsado por banqueros) podría provocar. La producción inmediata, con sus intrincados sistemas para secuenciar los esfuerzos de millones de trabajadores que nunca llegarán a conocerse o que ni siquiera estarán al tanto de lo que hacen los demás, es la única alegoría viviente de un predicamento neoliberal mucho más amplio (Holmes, 2011).

Redefinamos los ‘medios tácticos’ como el arte de romper las transferencias estrictamente funcionales que existen entre los microchips humanos del integrado procesador social. El esquizoanálisis sugeriría que esto no va a ocurrir por medio de la acción de una ideología totalizadora, ni siquiera por la intervención del viejo sueño proletario de ‘una gran unión’. En lugar de eso, los verdaderos ensamblajes han de pensarse en sus propios términos y forzar su disociación hasta el límite. En los albores del movimiento OWS, los manifestantes se tiraban al suelo para escribir eslóganes y peticiones en cartones. Al pasar por allí, los ejecutivos los creían completamente locos; y quizá ellos mismos también lo pensaran. Tras la incomprensión existía un deliberado proceso organizativo que apuntaba a la creación de una asamblea general pública. Ésta se logró paso a paso, tras la celebración de asambleas menores durante los meses anteriores a los eventos iniciales del 17 de septiembre de 2011. El esquizo de Wall Street se convirtió en catalizador de la toma de la palabra a escala nacional y global.

Fíjense en que un mapa esquizoanalítico buscaría al menos dos ensamblajes diferentes en la escena de estas protestas públicas. Uno es el territorio existencial de la calle. En sociedades de flujos controlados y cautivos, la ocupación de la calle es un descubrimiento extático (quizá ésa sea la razón del ruido de tambores). Junto a la excepcional circunstancia de miles de personas sin nada en qué fijarse salvo en sí mismas, surge la invitación a una nueva movilidad. La multitud se mueve con infinitas piernas y brazos y ojos y lenguas. Baila consigo misma como un enjambre de abejas (la asamblea general), después emerge como ola aún sin rizar, cuya poderosa corriente (la manifestación) puede de repente pulverizarse con brillo y auto-reflexión (los flashes de las cámaras). De manera subjetiva, el territorio de la calle es la liberación de la privacidad impuesta, es un espacio de posibilidades, una apertura de deseo social. Pero, en el nivel objetivo, de lo que se trata es de la deliberación, de la organización, de la comunicación y de la acción. Algunos cuerpos hacían la comida, organizaban la biblioteca, ayudaban en la asamblea, tomaban notas, fregaban los platos, colgaban las páginas web, escribían los comunicados, exploraban el panorama y testificaban contra el abuso policial. Existía una frenética precisión técnica en los eventos políticos de base, no sólo en las comunicaciones electrónicas, sino en todo el conjunto de habilidades generadas en colectividad. La clave de todo fue la desprofesionalización o la transferencia desde los circuitos protegidos, casi sacralizados, hacia un mundo cotidiano profano (Holmes, 2012b). La ocupación de la calle, la apertura de un territorio existencial, es lo que marcó la diferencia.

Otra diferencia nace donde los activistas pragmáticos menos la esperarían: en el ámbito de la teoría social. En una sociedad compleja, la acción política es imposible sin la teoría. Primero, las estructuras de la vida cotidiana capitalista y las estrategias de aquellos que las imponen habrían de ser analizadas, descifradas y contrastadas con las últimas corrientes en tecnociencia, economía, gobierno y práctica militar. A continuación, las conclusiones habrían de tomar la forma de conceptos, a fin de poder ser incorporadas y usadas por los no especialistas. Esto no es precisamente fácil; teorizar a favor, en contra y sobre la calle es caminar en la cuerda floja y la inevitable caída no es solo deseada con fervor por la gente, sino requerida también por el teórico como prueba de realidad. No es casual que las universidades, donde la agudeza del pensamiento se persigue de modo más intenso, sean un espacio disciplinario dedicado, a parecer, a la neutralización definitiva de las ideas. La máquina de las comunicaciones del movimiento social pone a prueba a aquellos cuya filosofía práctica les prohíbe el retardo infinito del compromiso en búsqueda de la perfección teórica. Si se puede hacer descarrillar a esa máquina (si la investigación puede permanecer abierta y aguda en el mismo corazón de la urgencia política), entonces es posible seguir movilizándose hacia la siguiente fase clave de la revolución sin fin.

Pero nos perderíamos algo si solo nos quedásemos con lo real, lo factual, lo ultra-teórico y los ‘territorios de lo virtualmente real’. Como se pregunta Gary Genosko, “¿Qué inspira a una chica de dieciséis años con un empleo precario en McDonald’s a movilizar a sus colegas en una unidad de negociación que plante cara al poder intimidatorio de una multinacional conocida por machacar a los sindicatos?” (2002: 3). Nadie tiene la respuesta y la estética es un término demasiado estrecho como para dar cobijo a los cantos de sirena del deseo político. La mañana del día de la gran manifestación, al salir del metro de Bruselas, me di cuenta de que todo el mundo a mi alrededor llevaba una máscara, portaba una pancarta, alzaba un monigote o ponía a punto alguna otra compleja máquina expresiva (todo, sin duda, al eco de las posibilidades subjetivas percibidas en otros medios, en la pintura, en el cine, en la literatura o ahí fuera, en la calle). Está claro que muchos artistas, al involucrase cada vez de modo más profundo en lo que sea que estén luchando por crear, acaban desarrollando una mayor conciencia política que la de los trabajadores más dedicados, pues han mantenido intacto el vínculo vivo que existe entre la percepción y la expresión. Si la ‘auto exploración del trabajador’ pudiera algúna día revelar las fuentes de los sueños del precariado, la victoria inmediata estaría cerca. ¡O la cooptación mediada!
Los eventos son momentos en los que el mapa de la subjetividad se pone a prueba y puede ser transformado. Esto puede suceder en todos los estadios, desde los micro-niveles del sujeto a los eventos de relevancia histórica y mundial como las guerras, la economía, los colapsos financieros, las conquistas imperiales y las revoluciones. Puede ocurrir en cualquiera de los cuatro niveles de la subjetividad, la singularidad o, con más frecuencia, en combinaciones complejas. El eventwork es el esquizoanálisis del activismo político; no actúa por mandato, sino de oídas. No llama a filas, sino que deja lugar para la disociación. No simplifica y canaliza, sino que desborda y filtra más allá de cualquier otra cuestión particular. Forma parte de la cultura de la izquierda y es la llave no sólo de los ‘éxitos’ que podamos tener y necesitar, sino también de la existencia continua del ‘nosotros’ que desea esas cosas. Este trabajo se lleva a cabo ahora con recursos organizativos, filosóficos y estéticos cada vez más sofisticados, trascendiendo los límites de lo que inicialmente se llamó ‘medios tácticos’ (Holmes, 2007/2009). Si lo que pasó en 2011 puede servir de indicación, sus territorios se multiplicarán dramáticamente en la década de larga crisis política y económica que está por venir.

Ahora no es el momento para disculparse por la dejadez y el fracaso. Pero, al mismo tiempo, el proceso social que lleva a aspectos radicalmente diferentes de la existencia a confluir en un poderoso evento no es algo que uno pueda controlar en su totalidad. Como el sueño freudiano, aquello ‘piensa’ cuando no eres plenamente consciente y ‘actúa’ cuando no estás en control absoluto. Ése es el desafío de la multiplicidad, el gobierno del demos. Cientos de miles de personas, quizá millones, ya saben esto de manera íntima y práctica. Su gracia y su audacia son el aliento de los movimientos contemporáneos que articulan el discurso político.


Bibliografía

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- Holmes, B. (2009), Escape the overcode: Activist art in the control society (Escapa al overcode: arte activista en la sociedad de control), Zagreb y Eindhoven, WHW y Vanabbe Museum, disponible en http://brianholmes.wordpress.com/2009/01/19/book-materials/.
Holmes, B. (2011), “Do containers dream of electric people?” (¿Sueñan los contenedores con personas eléctricas?), Open, (21): 30-44, texto disponible en http://www.skor.nl/_files/Files/OPEN21EN_P30-44.pdf/.
- Holmes, B. (2012a), “Eventwork: The fourfold matrix of contemporary social movements” (Eventwork: la matriz cuádruple de los movimientos sociales contemporáneos). En Nato Thompson (Ed.), Living as form: Socially engaged art from 1991-2011 (Cambridge, MA, The MIT Press, disponible en http://brianholmes.wordpress.com/2012/02/17/eventwork/.
- Holmes, B. (2012b), “Profanity and the financial markets: A user’s guide to closing the casino” (La obscenidad y los mercados financieros: manual de usuario para cerrar el casino), Ostfildern y Berlin, Documenta 13/Hatje Cantz Verlag, texto disponible en http://brianholmes.wordpress.com/2012/01/02/profanity-and-the-financial-markets/.
- Merton, R. K. y Kendall, P. L. (1946), “The focused interview” (La entrevista focalizada), American Journal of Sociology, 51(6): 541-557.
- Moss, M. (2013), “The extraordinary science of addictive junk food” (La extraordinaria ciencia de la comida basura adictiva), The New York Times Magazine, 20 de febrero, disponible en http://www.nytimes.com/2013/02/24/magazine/the-extraordinary-science-of-junk-food.html/.
- Touraine, A. (1971), The post-industrial society (la sociedad posindustrial), Nueva York, Random House

Notas

[1Guattari (2013). Las ideas atribuidas a Guattari a partir de ahora contienen todas una dosis importante de interpretación.

[2Cf. Merton y Kendall (1946); Forrester (1961; 1971). Sobre técnicas de retroalimentación en ciencias sociales, véase Deutsch (1963, 1986); Para una perspectiva crítica sobre sistemas cibernéticos en el período de posguerra, véase la sección final de Holmes (2009). Y si no le impresiona la teoría, vea el artículo de periódico Moss (2013).

[3El concepto de táctica usado por los teóricos de los medios tácticos en Ámsterdam proviene de uno de los escritores más directamente relacionados con mayo del 68, Michel de Certeau (1974/1984).