# Uno
- 2011

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"Écorces"

Écorces. Georges Didi-Huberman. París, Les Éditions de Minuit, 2011, 74 páginas

Después de la publicación en 2003 de Images, malgré tout [1], donde se analiza de forma lúcida y minuciosa la compleja relación entre experiencia y representación, Georges Didi-Huberman viaja por primera vez a Auschwitz-Birkenau en junio de 2011: “como tantos otros miles de turistas, miles de peregrinos o las pocas centenas de supervivientes -unos se toman a veces por los otros-, ‘visito’ esta capital del mal que el hombre sabe hacer al hombre” (p. 29).

El trabajo de escritura de Écorces, el libro que ahora presentamos, comienza con las cortezas arrancadas en el bosque de abedules (Birkenwald), tres cortezas que Didi-Huberman dispone de vuelta a casa sobre un papel y cuya contemplación le ayuda a romper a escribir. Cortezas que valora como trizas, jirones (lambeaux), una palabra recurrente en sus escritos y que suena mucho mejor en francés: jirones de tiempo, de memoria, jirones de experiencia, pero también “jirones del horror”, como aquellas cuatro fotografías realizadas por los miembros del Sonderkommando que le ocuparon todo el libro de Imágenes pese a todo. El gesto de desgarrar las cortezas, con el que abre el libro, me lleva inconscientemente al Didi-Huberman del Bailaor de las soledades, al amante y estudioso del flamenco, porque las acciones –arrancar con las uñas–, así como las palabras que en ellas utiliza, van iniciando el tono de seguiriya que me persigue durante toda la lectura del libro. Un cante de sustancia, ancho e intenso pero dicho con voz natural, como Manuel Torre. Un libro-paseo, una expedición “arqueológica” por Auschwitz-Birkenau para mirar los restos de lo que queda por ver. Y, como no podía ser menos, tener el temple necesario para dejarse mirar por ellos.

Écorces (Cortezas) tiene un formato muy pensado. Está dividido en 19 fragmentos para los que elige como título una sola palabra: tienda, alambradas, paredes, suelos, camino, estelas, flores… Cortezas, que da nombre al libro, abre y cierra este recorrido de “dirección única” que solo se advierte en el índice final porque, en el interior del libro, los fragmentos no van titulados. En cada una de estas “paradas”, la palabra ha sido sustituida por una fotografía. Sin anclaje, un poco, y no por casualidad, al modo en que su querido W. G. Sebald tiene de diseminarlas por el texto. Son fotografías realizadas por él, a ciegas, como por impulso. Porque nos dice que se prohíbe “el encuadre preciso”, el hecho de transformar el “lugar” en una colección de paisajes al uso. El libro es, pues, un montaje en àpres coup donde las imágenes, las palabras y las cosas se ponen a trabajar conjuntamente para “expresar” lo que le había “impresionado” aquella mañana tranquila y soleada de junio.

Con todo, Écorces (Cortezas) es también y, nuevamente en él, una metáfora epistemológica, como en su día lo fue, para referirse a la imagen, “la vela con el desgarro” o la imagen-mariposa. Las imágenes ahora son cortezas que nos dicen “algo” del árbol, pero nunca su “esencia”.

Además de llevar a la legibilidad política la experiencia fenomenológica del lugar (lieu), me ha interesado especialmente la lectura que hace del campo de Auschwitz, transformado ahora en stand comercial; su preocupación por saber de qué tipo de cultura ese lugar de barbarie se ha convertido en site ejemplar: “¿qué decir cuando Auschwitz debe ser olvidado en tanto lugar mismo para constituirse en lugar ficticio destinado a acordarse de Auschwitz?” (p. 25). En este sentido, el clímax del libro llega cuando el autor nos lleva al claro del bosque donde se encontraba ubicado el crematorio V. Allí, los conservadores del Museo del Estado de Auschwitz-Birkenau han instalado tres estelas negras con la ampliación de tres de las cuatro fotografías realizadas clandestinamente por los miembros del Sonderkommando. Recordemos que eran cuatro. La cuarta, la que fue desdeñada como “lugar de memoria”, era precisamente la de mayor valor indicial, la que no mostraba más que el cielo, un momento de peligro extremo, cuando la cámara disparó sin lograr enfocar nada. Habían eliminado justo la fotografía –“malograda-abstracta o desorientada”– que testificaba del peligro mismo, del “vital peligro de ver lo que ocurría en Birkenau” (p. 48). La que mostraba que, muchas veces, hay que esconderse para ver y fue justamente esto lo que señala el autor, lo que “la pedagogía memorial quiere aquí, curiosamente, hacernos olvidar” (p. 49). Écorces acaba por ser un libro sobre los viajes de las imágenes, cuando las pobres imágenes se ven obligadas a emigrar a los reinos ampulosos de lo ’visible’. Y sobre la forma en que un conocimiento por el montaje consigue rescatarlas.

Notas

[1Imágenes, pese a todo. Memoria visual del Holocausto, Barcelona, Paidós, 2004. Traducción de Mariana Miracle.