# Cinco
- 2015

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Peter Hartz, Job Revolution. Frankfurter Allgemeine 2002

Artista, curadora y ensayista


Traducido por George Hutton

El libro Job Revolution, de Peter Hartz, fue publicado por el Frankfurter Allgemeine Zeitung y la corporación Volkswagen. Peter Hartz, director de recursos humanos de Volkswagen, era la máscara que ocultaba las reformas que convertirían a Alemania en un país de salarios bajos y en una nación líder en exportaciones. Las reformas se llevaron a cabo mediante la consecución de un consenso nacional, facilitado por periódicos tales como el FAZ, dirigentes eclesiásticos, sindicatos, partidos políticos, think tanks como la Fundación Bertelsmann; poco a poco, llegaron a sustituir la toma de decisiones democrática.

Job Revolution (Revolución laboral) fue el manifiesto de Agenda 2010 que ahora, como Agenda 2020, amenaza con borrar los últimos retazos de los principios del estado del bienestar en los EE.UU., como el “No hay alternativa” para el crecimiento económico y la reducción del desempleo. Agenda 2010, en especial las leyes Hartz IV, provocaron los mayores recortes que ha sufrido el sistema alemán de la seguridad social desde la Segunda Guerra Mundial.

Job Revolution fue escrito como un manifiesto sobre el nuevo auto-conocimiento del trabajo en la sociedad global. Esto significa des-connotar la palabra “trabajador”, yendo hacia un sentido de un “work-holder” globalizado, como si fueras un accionista de tu propio trabajo. El manifiesto hace una alabanza eufórica del mundo feliz de los trabajos de 24 horas en una sociedad global permanentemente competitiva. Es esa euforia la que, algunos años antes, describió Bourdieu como un “delirio” cuando escribía su advertencia “contra el pensamiento Tietmeyer” [1]. Hans Tietmeyer era el presidente del banco central alemán y un importante promotor de la ideología de la austeridad que ahora se está usando como una técnica para colonizar economías nacionales enteras.

El “pensamiento Tietmeyer” expresa, bajo la apariencia de un dictamen económico, una visión normativa en conformidad con el interés de los dominadores, una visión conservadora clásica, legitimada y racionalizada por argumentos o por un léxico de apariencia económica. A esta mitología racionalizada, de la que podría decirse con Durkheim, cuando hablaba de la religión, que se trata de un “delirio bien fundamentado”, habría que oponer refutaciones por la vía del razonamiento o, más sencillamente, por los hechos (Bordieu, 1996).

Los párrafos que siguen pueden mostrar que tales delirios suelen construir una fachada semántica que atenúa un miedo y traumas subyacentes más profundos, todo ello de una manera, tan frágil como eufórica.

¿Qué aspecto tendrá la Job Revolution? Haremos parte de nuestro trabajo en casa, otra parte en la oficina y otra más por el camino. [...] Tendremos varias fuentes de ingresos: proyectos, contratos temporales, participaciones en beneficios, bonos de crédito-tiempo, opciones sobre acciones, servicios compartidos y, cada vez más, rendimientos de inversión en nuestro propio capital humano.

[…]
Aportaremos servicios, garantizaremos flujos de procesos, desarrollaremos, asesoraremos, compraremos, venderemos y motivaremos. En resumen: ofreceremos a nuestros clientes un servicio integral. Todos somos clientes y, a su vez, todos tenemos clientes.
Y tendremos que andarnos con más cuidado en nuestros trabajos futuros. En el nuevo mercado global de trabajo, todos podemos conseguirlos con más facilidad que en el pasado. No tendrá mucha importancia si estos trabajos se desempeñarán en Alemania o en Nueva Zelanda. El auto-empleo aumentará y las distancias se volverán irrelevantes.

[...]
El año tiene 8.760 horas, pero de ellas solo se usan en el lugar de trabajo entre 1.200 y 1.800. Las reservas son, por lo tanto, enormes, dado que cada lugar de trabajo podría usarse entre cuatro y seis veces. Aplicando diversos modelos de turnos y de fines de semana, la cascada de flexibilidad (el número de turnos por cada día de la semana, culminando en un funcionamiento ininterrumpido durante todo el año) puede aprovechar esa reserva de 6.000 horas, casi de un día para otro.

[...]
El número total de horas que la gente trabaja hoy en día equivale a menos de un 10 % de su vida. Si le suponemos una expectativa de vida de 80 años (multiplicada por 8.760 horas que tiene el año) y una vida laboral de 40 años, resulta una media de 1.400 horas al año en el trabajo, lo que supone solo un 8 % del tiempo total de vida de un trabajador. No podemos permitirnos que ese porcentaje continúe descendiendo si queremos que crezca el producto económico global.

[…]
Los grandes bloques de poder han desaparecido. En un solo día de viaje se puede llegar a cualquier lugar del globo. Los teléfonos móviles suenan en la Gran Muralla china. El material de oficina es lo suficientemente portátil como para caber en el bolsillo del pantalón. Los adolescentes indios navegan en la Red en Bangalore. El mundo ha encogido al tamaño de un único gran centro comercial. [...] Todo se puede producir, vender, financiar y publicitar en cualquier lugar, y lo mismo sucede con el uso de la información y del saber hacer. Los estándares de competencia ya no se fijan a nivel local ni nacional, sino global. Para cada trabajo hay un competidor. Los mercados son ahora los mercados de los compradores. Los precios no se determinan por los costes de producción, la tecnología y las expectativas de beneficio, sino por lo que los compradores están dispuestos a pagar y por las expectativas de los clientes. [...] Hoy en día las compañías solo pueden tener éxito si adoptan una perspectiva orientada al mercado. Una compañía de éxito piensa en el cliente en todo momento. [...]
Cada trabajo tiene su cliente.

[…]
El mundo de 24 horas no duerme nunca. Nos despertamos por la mañana en cualquier lugar del mundo y descubrimos que el contexto de nuestro trabajo ha cambiado de un día para otro. Este es el reto existencial al que se enfrentan todos los trabajos locales. Un desplome del mercado, una crisis monetaria, una caída en las acciones, un problema con un producto, una interrupción en el servicio y las noticias llegan volando como la famosa mariposa cuyas alas, según la teoría del caos, pueden desencadenar una tormenta que arranque de raíz a todo un entorno. Pero también pueden llegar buenas noticias y abrir nuevas oportunidades. Un cambio de gobierno, informaciones sobre innovaciones, un nuevo mercado, una bajada de tipos de interés: todas estas cosas tienen una repercusión inmediata.

[...]
Los trabajos globales están al servicio del mercado global. Y necesitan acceder a un gran número de compradores. En la fase final de la producción o de los servicios ante el consumidor hace falta la fuerza de atracción que aporta la individualidad. Pero, antes que eso, están los sistemas backend, los control chips, las tecnologías, los trenes de potencia, los componentes, las plataformas y los elementos de servicio.

¿Quién creará estos módulos? Aquellos cuyo trabajo se articule en torno a las tres dimensiones del futuro. Tienen que trascender el tiempo, la distancia y la calidad para que toda la cadena de producción pueda estar a la altura del desafío de garantizar pedidos firmes. El esfuerzo requerido tendrá que venir de los módulos, de las piezas de recambio, del servicio al cliente y del desarrollo orientado al consumidor, guiado por las reacciones del mercado. La adaptación, la aplicación y la aceptación serán los requisitos fundamentales del futuro. Cada vez más gente se preguntará “¿Qué puedo hacer por el mercado global?”. La respuesta a esta cuestión existencial será: más especialización, mejor anclaje, aumento del rendimiento y defensa enérgica.


Referencias

Peter Hartz, Job Revolution (2002), Frankfurter Allgemeine, pp. 19, 20, 30, 130, 132.

Bordieu, Pierre (1996) Contre la «pensée Tietmeyer», un Welfare State européen http://www.liberation.fr/tribune/1996/10/25/contre-la-pensee-tietmeyer-un-welfare-state-europeen_185997 (Acceso en noviembre 2015)

Notas

[1Según el titular del artículo Contre la «pensée Tietmeyer», un Welfare State européen, traducido al alemán, en el periódico Die Zeit, 1 de noviembre de 1996.