# Cinco
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Un beso en mitad de los disturbios: comunidad, impacto y persistencia

Universidad Complutense de Madrid



Recibido: 15/07/2015
Aceptado: 22/10/2015

Resumen

Tiene lugar una aparente contradicción cuando, a pesar de la vida en comunidad de las imágenes, una de ellas sobresale del resto. En junio de 2011, en un contexto de insistente muestra de imágenes surgidas de disturbios callejeros, una fotografía tuvo espacio en las portadas de numerosos medios de comunicación. En ella se mostraba lo que aparentaban ser dos jóvenes que se besaban tumbados en la calle envueltos en una situación violenta. Se trata de analizar y contextualizar cuáles fueron las razones por las que esta imagen tomó la delantera a las otras, y hasta dónde se extiende la inercia del reiterado ofrecimiento visual.

Palabras clave: Comunidad, disturbios, impacto, medios


Las imágenes aparecidas en los medios de comunicación tienen dos aspectos aparentemente contradictorios: por un lado, éstas viven en comunidad, circunstancia que ejerce sobre ellas propiedades uniformadoras y niveladoras; y por otro lado, ocurre que algunas veces una de ellas produce un impacto, cuantificado éste en términos de presencia en dichos medios.

Es decir, raramente vemos las imágenes solas, siempre están acompañadas, ampliadas, exteriorizadas y puestas en común, y no solo desde una visión externa, donde unas son presentadas recurrente y simultáneamente entre otras, sino también desde un punto de vista interno, donde los procesos constructivos que las conforman son siempre colectivos. Sin embargo, y en contra de esta presencia horizontal, sucede que algunas veces una ellas resalta respecto a sus convecinas, y una imagen parece anegar todas las pantallas del mundo.

El objetivo es analizar, a través de un caso concreto, la eventual tensión generada entre la existencia miscelánea de las imágenes y el ocasional protagonismo de una de ellas. Se trata de buscar los condicionantes que se deben dar para que una imagen se convierta en una imagen que, repercutida incontables veces, sobrepasa el fenómeno de la accesibilidad, para convertirse durante un determinado espacio de tiempo en una imagen con apariencia de omnipresente. Asimismo, como sucede en el caso propuesto, puede ocurrir que la imagen se extienda y persista sobre un conjunto de hechos visuales derivados de ella.

Con la intención de sonsacar conclusiones a esta paradoja, he seleccionado una imagen surgida de enfrentamientos con la policía en la calle, que remite a movilizaciones, protestas multitudinarias, concentraciones numerosas, manifestaciones colectivas y otros encuentros o marchas de personas disconformes. Su elección no es arbitraria, se debe en primer lugar a la gran magnitud de esta familia de imágenes, y en segundo lugar a que suelen cargar con una fundada sospecha de que son sometidas a estrategias de control, dirigidas a menguar o amplificar aspectos que poco tienen que ver con las reivindicaciones de la propia convocatoria y, en cambio, sí con la gestión de parámetros referentes al miedo, a la compasión, a la victimización, etc.

Por lo tanto, las imágenes de hostilidades en la calle son feraces a la hora de reflexionar sobre los factores y demandas contextuales que se dieron en el momento de su aparición, porque ellas están –y no son las únicas- a la intemperie de distintos intereses, representados por la distancia que hay entre dos polos jerarquizantes: el de la ocultación y el de la máxima difusión.

Ante este panorama altamente instrumentalizado, las preguntas que trataré de responder son las siguientes: la primera, ¿cuáles son las razones por la que una imagen sacada de un disturbio callejero toma la delantera a otras similares, propagándose con facilidad y eludiendo los mecanismos que las sumergen en la infinitud de las demás imágenes?; y la segunda, ¿hasta dónde se extiende la inercia por haber sido objeto de una presencia, digamos, persistente?

Antes de comenzar a intentar responder a estas cuestiones es necesario señalar brevemente dos de las características de la condición y la naturaleza de las imágenes en la actualidad: la fugacidad y la instantaneidad. La circulación incesante de imágenes hacen que éstas sean fugaces, “estén en el mundo yéndose, desapareciendo. Por momentos están, pero siempre dejando de hacerlo” (Brea, 2010, p. 67). Y también las imágenes son instantáneas, pasan delante de nuestros ojos en dirección a su evanescencia, sin apenas duración, sometidas a la velocidad de un flujo que reclama, cada vez más, estar informado puntualmente de aquello que sucede. En este sentido, Paul Virilio habla de la “aceleración de lo real” (Virilio, 2012, p. 24), donde la transmisión de los datos de un acontecimiento ocurre al mismo tiempo que éste tiene lugar, desempeñando

[U]n papel primordial en la elevación del miedo a la categoría de entorno global al permitir la sincronización de las emociones a escala mundial. […] se puede experimentar en todos los lugares del mundo el mismo sentimiento de terror en el mismo momento. (p. 24)

No obstante, hay veces que durante unos minutos, o unas horas, o unos días, uno se encuentra con la misma imagen al acceder a distintos sitios o páginas informativas, teniendo la sensación de que una imagen ha dejado de ser fugaz e instantánea para aparecer perennizada, y sobrepasar el supuesto tiempo súbito de las imágenes en la actualidad.

También, antes de emprender este ejercicio no está de más insistir en dos elementos desde el ámbito de la recepción. El primero de ellos consiste en tener en cuenta que el acceso visual es siempre parcial. En términos visuales la acotación se produce en una especie de confluencia escorzada. Desde el estudio tradicional de la representación diríamos que

[E]l escorzo es una especie de proyección perspectiva que al visualizarla se interpreta en profundidad espacial; es la visión desde un punto de vista que da por resultado una reducción de las verdaderas magnitudes del objeto-modelo. (Amo, 1993, p.6)

Jugando con esta definición podemos decir que el acceso visual a la circulación de imágenes resulta fragmentario, por lo tanto, es preciso señalar una fecha concreta y una localización exacta, en este caso estas coordenadas son: el 16 de junio de 2011 y me encontraba en ciudad de Madrid.

El segundo elemento a tener en cuenta es consecuencia del primero, y tiene que ver con que, siguiendo con la metáfora del escorzo – y de la mano de los postulados fenomenológicos-, se podría decir que la percepción pertenece al lado visto, donde se deduce que los lados invisibles están co-presentes en la experiencia de la percepción (Husserl, 2004, p. 83).

La imagen

El 16 de junio de 2011 se propagó la imagen de un beso [fig. 1], repitiéndose en multitud de medios, con apariencia de ser ubicua. Ésta consistía en un primer plano desenfocado de un policía vestido de negro con casco, con una porra en la mano derecha, y un escudo transparente en la mano izquierda. Él aparece situado de cara a la posición de la cámara. Al fondo, de espaldas, un grupo de agentes de seguridad con chalecos fluorescentes parecen dirigirse hacia un grupo de personas situadas más lejos. En el centro de la imagen, en el único plano enfocado de toda la fotografía, se pueden ver a dos jóvenes tumbados en el suelo dándose un beso. Él está recostado sobre ella, mientras, ella le pone cariñosamente la mano en el cuello. La escena está envuelta en colores cálidos, la gama la conforman rosas, violetas suaves y naranjas poco saturados. El contexto cromático está producido por la mezcla desenfocada de las luces nocturnas y el humo que parece inundar la calle.

Junto a la imagen, y de un solo vistazo, se podían leer los épicos titulares que la acompañaban: “los amantes de Vancouver”, “un beso en la batalla” o “el beso en mitad de los disturbios”. En los sitios web ingleses, las palabras riot y kiss se conjugaron de diferentes modos. Aún hoy, si se introduce en un buscador estas dos palabras, aparece una y otra vez dicha imagen u otras que tienen que ver con ella (fig. 2).


Fig. 1 Fotografía de Richard Lam, Getty Images, 2011
Fig. 2 Captura del www.google.es después de hacer la búsqueda “riot kiss” el 7 de julio de 2015

Comunidad

Como he dicho al comienzo, la condición comunitaria de las imágenes podría ser atendida desde factores externos e internos.

Los externos tienen que ver con cómo fue presentada la imagen, es decir, qué otras imágenes tenía alrededor. El acceso desde Madrid a los medios de comunicación durante aquellos primeros días de junio de 2011, ofrecía, entre otras, distintas noticias de manifestaciones, protestas en la calle, enfrentamientos con la policía y disturbios, por ejemplo: en el barrio madrileño de Tetuán se trataba de parar el desahucio de la familia de un panadero libanés en paro; también desde hacía dos días repercutían las imágenes del alcalde de Madrid increpado por un numeroso grupo de personas por una decisión del consistorio con respecto a la medición del ruido; en la ciudad de Barcelona una multitud había bloqueado los accesos al Parlamento catalán como respuesta a la política de recortes; además, llegaban imágenes de disturbios, por diferentes motivos, que tenían lugar en Libia, Argelia, Túnez o Ucrania, y hacía ya muchas semanas que había dado comienzo lo que se denominó la “Revolución egipcia”. Es decir, la televisión y los servidores de noticias web estaban repletos de imágenes de altercados en la calle que enfrentaban a agentes de policía y a ciudadanos.

Dentro de los actuales dispensadores de noticias, es innegable que la imagen en cuestión estuvo acompañada en cada medio donde apareció por multitud de informaciones escritas y visuales -otras noticias, anuncios publicitarios, logotipos, etc.-, analizar cada uno de los casos excedería el propósito de este artículo, no solo por ejercicio pormenorizado de estudio de todos medios que dieron la fotografía sino porque además, en los medios digitales, la interfaz es un lugar altamente variable, donde el tiempo de muestra de un conjunto concreto de signos, enunciados e imágenes es tan pasajero que sería un trabajo muy costoso –¿imposible?- si se quisiera reconstruir, más de cuatro años después, el inventario visual de aquellos días.

Desde un punto de vista interno, esta imagen muestra una disparidad: dos personas se dan un beso en mitad de unos altercados. En otras palabras, la imagen reúne dos cualidades muy distantes como son la ternura y la violencia. Se podría afirmar que ella se inserta dentro de una tradición de este tipo de imágenes (Fontcuberta, 2011), porque no es algo nuevo encontrarse con fotografías de personas besándose en mitad de unos disturbios. Hay muchos ejemplos antes y después de la imagen seleccionada.

En marzo de 1990, el fotógrafo David Hoffman toma en Londres la fotografía de una pareja besándose delante de la policía durante los disturbios producidos por el “Poll Tax” [fig. 3]. En 2010, en Toronto, una pareja se besa ante un numeroso grupo de antidisturbios que protegían el lugar elegido para la celebración del G-20 [fig. 4]. En septiembre de 2011, en Santiago de Chile, después de semanas de enfrentamientos con la policía, se convoca un singular maratón de besos como forma de protesta contra la política educativa del país -“Besarse cuarenta minutos por la educación” era uno de los eslóganes que se podía leer en la manifestación-. En marzo de 2014, de las manifestaciones que tuvieron lugar en Caracas contra el gobierno, apareció una curiosa imagen de un beso, donde se puede ver cómo ella sostiene en su mano derecha una enorme piedra [fig. 5], una vez más la agresividad y el mimo en una misma imagen.


Fig. 3 David Hoffman, beso en los disturbios de Londres de 1990.
Fig. 4 Pareja se besa delante de la policía en Toronto en 2010 EFE.
Fig. 5 Beso en las manifestaciones de Caracas en 2014 Reuters.

También los agentes reciben besos. Desde aquellas imágenes de 1967 donde se ofrecían flores a los policías durante las protestas anti-bélicas, hay muchos ejemplos de gestos cariñosos hacia los cuerpos de seguridad. En 2001, en Bogotá –Colombia-, una estudiante que protestaba por las reformas de la educación besa a una policía [fig. 6]. En las mismas protestas, un estudiante abraza a otro policía antidisturbios. En el mismo año una mujer egipcia besa a una policía durante las manifestaciones en contra del gobierno de Mubarak [fig. 7]. También, en 2013, durante una manifestación contra la conexión de un tren de alta velocidad en el norte de Italia, una estudiante fue fotografiada intentando besar a un policía antidisturbios [fig. 8] -más tarde el sindicato de la policía aseguraba que la estudiante debía ser acusada de "abuso sexual" (Redacción BBC Mundo, 2003)-. Sin olvidar que cada vez más se ven besos, como gestos de protesta, contra aquellos que toman decisiones u opinan sembrando la homofobia.


Fig. 6 Beso de una manifestante a una policía en las protestas estudiantiles de Bogotá, en 2011.
Fig. 7 Beso de una manifestante a un policía en Egipto en 2011.
Fig. 8 Beso a un policía en protestas estudiantiles de Italia de 2013 AFP.

Incluso existen ejemplos de protestas contra la prohibición de besarse, donde el beso es usado como herramienta contestataria. Así sucedió en marzo de 2013, en Ankara (Turquía) cuando un numeroso grupo de personas se dieron cita en la estación de metro de Kurtulus para besarse en disconformidad a la imposición de no poder hacerlo dentro de la red de metro [fig. 9]. O en noviembre de 2014, en la ciudad de Cochín, al sur de la India, donde a través de las redes sociales se convocó a la protesta Beso de Amor a favor de besarse en público [fig. 10].


Fig. 9 Beso protesta delante de una parada de metro en Ankara (Turquía) en 2013 GettyImages.
Fig. 10 Cartel de la convocatoria Beso de amor, en Cochín (India) en 2014.

Como he dicho al comienzo, las imágenes de disturbios aparecidas en los medios cargan con una sospecha, así lo explicita Naomi Klein cuando en 2002 titulaba un pequeño texto como “La explotación del miedo. La policía da una imagen espeluznante de las protestas. ¿Quién querría participar en ellas?” (Klein, 2002, p. 149). En este mismo sentido Carlos Taibo escribe que los objetivos de lo que Max Weber definió como “la violencia legítima” (Weber, 2002, p. 667) en una protesta multitudinaria son principalmente dos:

La protesta violenta, pretendido e inexorable atributo de la totalidad de un universo contestatario, se convierta en el núcleo de interés de los medios (Taibo, 2003: p. 301); poner sobre aviso a posibles simpatizantes de los movimientos para que en el futuro se lo piensen dos veces (p. 301).

En definitiva, si se adjetiva la protesta como violenta, el relato del día después puede ser transmitido como un fracaso, opacando la verdadera reivindicación, pero también las imágenes de la violencia sirven para inocular miedo, para que se tome nota y en el futuro no se repita la protesta. Situación en la que parece pensar Susan George cuando argumenta:

Otro mundo está a nuestro alcance si… practicamos la no violencia (2003, p. 215).
Enfádense, pero sean inteligentes (p. 221).

Yo afirmo que las personas de nuestro bando que participan en actos de violencia no sólo están equivocadas, sino que trabajan activamente contra el resto del movimiento y los fines que dicen apoyar (p. 224).

Al contrario de lo que dicen los elementos violentos, la violencia contra las personas o contra propiedades refuerza, y no debilita, el capitalismo (p. 227).

Enfádense pero sean inteligentes que mañana toca re-contar, revisar las imágenes, y es tan importante lo que se ha venido a hacer aquí como lo que de ello se proyecte al día siguiente. Desde este punto de vista, podría haber una tercera vía a las indicadas por Taibo, como se puede ejemplificar con lo ocurrido al día siguiente de la denominada "Marcha de la dignidad", que tuvo lugar en Madrid el 22 de marzo de 2014, donde hubo una reiteración de fotografías de ataques a agentes y a vehículos de policía -incidentes ocurridos al final de la movilización-. Uno de los titulares-recuento del día siguiente decía: “Al menos 101 heridos, 67 de ellos policías y 29 detenidos en disturbios tras la ’marcha de la dignidad’”(Durán, 2014). El desplazamiento parece evidente: de un estado temido a un estado herido, que necesita cuidados.

En este sentido, la proliferación de imágenes de ciudadanos protegiendo a los agentes en las movilizaciones [figs. 11 y 12], parecen haber surgido para contrarrestar y disminuir el efecto de este posible tercer uso de las imágenes de la violencia provenientes de protestas y movilizaciones.


Fig. 11 Mujer intenta detener que los policías sean atacados en Bogotá (Colombia) en 2013.
Fig. 12 Ciudadano protege a agente antidisturbios herido en Teherán (Irán), 2009

Volviendo al gesto del beso en mitad de una situación violenta, este podría ser incluida dentro de otra familia de imágenes agrupadas en torno al siguiente rótulo: “finales reconfortantes de películas” –aquella hermosa escena al final de Nuovo Cinema Paradiso con música de Ennio Morricone- y concretamente, aquellas que acaban con un beso final después de un desarrollo de acción y violencia. En este caso a la imagen de Vancouver solo le faltaba la palabra fin impresionada sobre la pareja de supervivientes del caos y la destrucción. Se trataría, pues, de la figuración de un beso en el centro de un mundo que se desmorona, en ruinas, como un guiño a la victoria, a la esperanza, en definitiva, un final feliz. En este caso, las imágenes de la industria cinematográfica y las imágenes de los medios de información audiovisuales se superponen, complementándose unas con las otras, a pesar del aviso que parece encontrarse en el título del libro ¡Ojo con los Media!, de Michael Collon, donde el autor afirma:

El info-espectáculo transforma al ciudadano en un mero espectador. Y el espectador no tiene que decidir ni que escoger entre dos posiciones políticas, solo tiene que mirar. Se trata de hacer vibrar, emocionar, de enganchar […] (1996, p. 239).

Y por último, también desde del ámbito de arte, el beso ha sido motivo de representación y ha formado parte de las estrategias usadas por los artistas. Es, por ejemplo, el caso de Tino Sehgal -nacido en Londres en 1976- que en 2002 comienza a presentar su obra Kiss, donde dos figurantes se besan dentro del museo o de la sala de exposiciones. Desde la abertura de la exposición hasta el cierre, y como si de una escultura se tratase, distintas parejas se relevaban cada cierto tiempo interpretando besos de la historia del arte -Jeff Koons, Gustav Klint, Brancusi, Courbet, Rodin-. Al entrar en la sala el espectador se encontraba a dos cuerpos entrelazados, abrazados, besándose lentamente en una propuesta que tiene vínculos con la danza y el teatro. En este caso el gesto del beso no está inscrito dentro un acontecimiento violento, sino que más bien se trata de una situación construida y encaminada a reflexionar sobre la posición cambiante entre el espectador y el participante de la obra.

En definitiva, se podría afirmar que no se trata de comunidad sino de comunidades. Por lo tanto, entre los incontables grupos y subgrupos posibles, algunos de los que podrían contener la imagen del beso de Vancouver son: imágenes aparecidas en los medios de comunicación el 16 de junio de 2011 accediendo a éstos desde Madrid, tradición de imágenes de protestas en la calle, el contraste de las imágenes entre la ternura de personas dándose besos y la violencia representada por agentes con cascos, escudos y armas, imágenes de besos de los finales de las películas de acción y, por último, las estrategias artísticas. Grupos diferentes que se relacionan entre sí, y que definen el contexto visual como tremendamente permeable, donde la producción de emociones, incluido el miedo, comparte espacio con otras intenciones.

Impacto

Como he dicho al principio, en este caso el término impacto se refiere a la reiterada presencia que la imagen tuvo en los medios. Una noticia que debería haber estado semioculta en una sección secundaria, tuvo su inesperado espacio en las páginas principales.

Se habla de la característica viral de las imágenes, este término, desde sus primeras definiciones dentro del entorno de la publicidad, no define tanto una peculiar situación donde todos los medios dan el mismo contenido o información o imagen, sino que se refería a la capacidad que tiene un archivo de motivar su distribución exponencial (Rushkoff, 1994), pasar un archivo de un usuario a otro. Es decir, el término viral tiene que ver con archivos compartidos –a través de los distintos canales existentes en la red- más que a contenidos acaparadores de los espacios de los medios de comunicación.

No obstante, algunas de las condiciones necesarias para otorgar la cualidad viral a un archivo, pueden resultar útiles para encontrar las razones del éxito que tuvo la imagen del beso en relación a otras, por ejemplo: que no aburra y sean divertidos, que transmita emociones positivas, que remita a la construcción de comunidad, que transmita nostalgia o que permita participar al usuario para completar el mensaje (Dafonte, 2014, pp. 11-12). Todas estas condiciones podrían estar hablando de la imagen del beso de Vancouver.

En este sentido, detrás de su aparición insistente en los medios parece que no había tanto una motivación estratégica por modular un mensaje, sino que más bien su fuerza se concentraba en el hecho de que la imagen presentaba, como mínimo, dos contrastes: uno formal, donde los elementos como el beso, el ambiente envuelto en colores suaves, la tranquilidad de jóvenes tumbados sobre el suelo eran puestos simultáneamente a la vez que policías antidisturbios, humo, personas corriendo y caos; y también un contraste conceptual, como si la imagen indicara el escape de un contexto informativo repleto de noticias violentas. De este modo el beso sobre el pavimento funcionaría como una ventana por donde acceder a esa “comunidad” de la que nos habla Zigmunt Bauman:

Paraíso perdido al que deseamos con todas nuestras fuerzas volver, por lo que buscamos febrilmente los caminos que puedan llevarnos allí (Bauman, 2009, VII). Una comunidad que se vive en medio de la contradicción existente entre la sensación real de seguridad y la querencia de libertad (p. IX).

Por otra parte, la imagen del beso de Vancouver produjo expectación, ella parecía contener un misterio por resolver, había que mirar en el reverso para ver quiénes y por qué. El intento por resolver estas preguntas proporcionó un alto nivel de interés que quizás también fue un factor que influyó en su éxito.

Al leer el cuerpo de la noticia se descubría que el acontecimiento al que aludía dicha imagen sucedió la noche anterior en Vancouver (Canadá), después de la final de la Stanley Cup, de la Liga Profesional de Hockey sobre hielo, donde los Bruins de Boston vencen a los locales Canucks. Una derrota que sabe a derrota, porque la imagen no provenía de un acto de “presión sostenida sobre las personas, las instituciones y las ideas que se interponen en el camino [del cambio, o para que las cosas cambien]” (George, 2003, p. 93), sino que todo se origina en un berrinche desmesurado por una derrota deportiva.

Tras el encuentro se suceden en las calles todo tipo de altercados, enfrentamientos, destrozos de automóviles, incendios y rotura de escaparates. De aquellos hechos llegaron un buen número de fotografías (Times, 2011) donde se podían ver, por ejemplo, dos hombres delante de un incendio, con dos piernas de maniquíes haciendo como si estuvieran tocando unas guitarras, automóviles quemados, un chico que intenta prender un trapo introducido en el depósito de gasolina de un coche de la policía, hinchas saltando por encima de coches patrulla, escaparates reventados, otros saliendo por las destrozadas puertas de centros comerciales con ropa robada, incluso en muchas de estas imágenes se puede ver a personas posando para la cámara delante del caos [figs. 13, 14 y 15], pero fue la imagen del beso la que concentró el mayor interés.


Figs. 13, 14 y 15 Fotografías de los altercados en Vancouver el 15 de junio de 2011. fotografías realizadas por: Mark van Manen / Postmedia News Service, GerryKahrmann / Postmedia News Service y Anthony Bolante/Reuters

Por último, quiero añadir una característica más que pudo llevar esta imagen a ser tan repercutida, y que formulo con la siguiente pregunta: ¿podría la imagen de Vancouver estar confirmando que el beso es un nuevo y útil arma para los enfrentamientos callejeros con los agentes de la autoridad, como un icono de una nueva estrategia para detener la violencia?

Es cierto que las formas de manifestación han variado mucho en las últimas décadas. En el libro Utopías artísticas de revuelta, de Julia Ramírez Blanco, se hace referencia a cómo, desde los años noventa, las formas de protestas públicas han ido transformándose considerablemente. Durante aquellos años, el paradigma de manifestación en bloque con una cabecera clara, lineal, cambia hacia unos modos más dinámicos, donde se impone el “modelo festival” (Ramírez, 2014, p.149). En este libro se dedica un apartado a los sucesos ocurridos en el año 2000, durante las manifestaciones en Praga por la reunión en la ciudad de FMI -Fondo Monetario Internacional- y el BM -Banco Mundial-. En ese momento se coordinó una estrategia cromática de protesta dividida en tres columnas: la azul, la amarilla y la rosa. La azul, venía desde el oeste y era la encargada de la guerrilla urbana, la lucha con piedras, el enfrentamiento directo con la policía, dentro de esta columna se encontraba el “Black Block” que, vestidos de oscuro, eran los encargados de ir contra la propiedad privada. Esta columna también contenía a la “Infernal Noise Brigada”, encargados de producir ruidos con instrumentos de percusión durante los enfrentamientos. La columna amarilla venía desde el norte, y a la cabeza estaban los “Tute Bianchi” -Monos Blancos-un grupo vestidos de blanco que representaban a los invisibles del sistema, a los fantasmas. Ellos se elaboraban sus propias protecciones para aguantar, sin responder, en choque con la policía. Lo suyo era provocar una imagen, donde unos agredían y otros recibían. Y por último, la columna rosa, un grupo de unas quince personas vestidas de rosa que, llegando desde el este, llevaban a cabo estrategias de “frivolidad táctica” (Ramírez, 2014, p. 160).

Entonces, ¿se interpretó este beso como un gesto inteligente, valiente, pacífico y eficaz de parar la escalada violenta de este tipo de acontecimientos? ¿Había una demanda de una imagen como ésta en el contexto de junio de 2011, existiendo un anhelo por tomar el gesto amable o amoroso como forma de combatir, paradójicamente, el combate?

Otras acciones podían ubicarse en estrategias similares, y responder afirmativamente a la anterior pregunta, como aquellas que consistieron en tocar un instrumento delante de la formación de antidisturbios, como por ejemplo, aquel guitarrista que se puso a tocar en Turquía en 2011 [fig. 16], o el pianista que, en 2013, hizo lo propio en la ciudad de Kiev en Ucrania [fig. 17]. Sin embargo, ninguna de estas imágenes recientes ha dado la sensación de tener la repercusión que tuvo la escena del beso de Vancouver.


Fig. 16 Guitarrista toca delante la policía en Turquía en 2011
Fig. 17 Pianista toca frente a la policía en la ciudad de Kiev en 2013

Persistencia

La presencia de la imagen en los medios dio paso a un tiempo de persistencia nacida a partir de lo que ella mostraba y, al mismo tiempo, escondía. Durante más de una semana la fotografía de Vancouver tuvo todo tipo de réplicas mediáticas, y como veremos su eco excedió, con mucho, el tiempo de las otras noticias. Había dejado de ser una imagen ubicua para extenderse como acontecimiento duradero.

Rápidamente se conoció que la fotografía del beso fue realizada por el fotógrafo canadiense Richard Lam, para la agencia Getty. Dos días después del suceso él contó en The Guardian que fue testigo casi por accidente. Según decía, todo ocurrió muy rápido. Él corría en dirección contraria a donde estaban los dos chicos, cuando en un momento se detuvo, vio que había alguien en el suelo y apretó el disparador dos veces. Más tarde su editor le dijo que había captado a una pareja besándose. Lam no pudo hablar con ellos, no sabía quiénes eran ni tampoco si, como parecía verse en la fotografía, se estaban besando (Rushe, 2011).

Durante toda la semana se sucedieron algunos testimonios, y también apareció una segunda fotografía [fig. 18] tomada por Lam al instante de la primera, en ella aparece otra mujer de pie, ya no está el agente de policía en primer plano y los jóvenes parecen desorientados, la épica se había desvanecido.

El viernes 18 de junio, los dos protagonistas de la fotografía, un chico australiano llamado Scott Jones y una chica canadiense llamada Alex Thomas, concedieron una entrevista en la CBC News donde contaron, entre sonrisas, cómo vivieron los hechos en primera persona [fig. 19]. Es curioso el modo en que algunas de sus respuestas nadaban en una nebulosa amnésica, del tipo de “realmente no sabía exactamente lo que estaba pasando" (CBC News, 2011). ¿Pensaban en su experiencia o en la fotografía que les llevó al plató de televisión?


Fig. 18 Segunda fotografía tomada por Lam el 16 de junio de 2011 en los disturbios de Vancouver, Richard Lam/Getty.
Fig. 19 Scott Jones y Alex Thomas en una entrevista en la CBC News, el viernes 18 de junio de 2011

A los ocho días de los altercados de Vancouver, el 24 de junio de 2011, la foto volvía a estar presente en muchos medios, pero el titular era otro, en un medio de comunicación español se tituló como: “La verdadera historia del misterioso beso de Vancouver” (Antena 3 Noticias, 2011). Un testigo que estaba situado en el tejado de un aparcamiento, y que se identificó como William, escribió al Vancouver Sun:

Lo que pasó fue que la línea policial se abalanzó sobre la multitud y esta pareja, tratando de permanecer juntos, no reaccionaron a tiempo y fueron atropellados por dos agentes de la policía antidisturbios (Rushe y Siddique, 2011).

Para demostrarlo William presentó un vídeo grabado con su teléfono móvil -la generalización de los dispositivos móviles ha propiciado que cualquier persona, en cualquier momento, y desde cualquier lugar se puede capturar una imagen o grabar un video. En él se podía ver cómo una multitud corría seguida por lo que parece una carga policial, cuando dos policías chocan fuertemente contra la pareja y los dos caen al suelo [figs. 20, 21 y 22]. La secuencia completa se difundió rápidamente. “La imagen en movimiento es capaz de transmitir las experiencias humanas como ningún otro medio” (cita encontrada en Espiritusanto, 2011), escribe Yvette J. Alberdingk Thijm directora ejecutiva del proyecto Witness -en su web, www.witness.org, el eslogan de presentación es “seeit, film it, changeit”.


Figs. 20, 21 y 22 Fotogramas sacados del vídeo, distribuido a los medios de comunicación, que grabó “Willians” desde el tejado de un aparcamiento en los disturbios de Vancouver el 15 de junio de 2011.

A partir de esta grabación algún medio informaba, no con cierta desazón, lo siguiente: “El gesto de aquella pareja no fue el beso apasionado que creímos ver, sino que más bien se trataba del novio que trataba de ayudar a su pareja herida” (Antena 3 Noticias, 2011).

Parece como si avanzar en resolver el intríngulis trajera consigo cierta desilusión, puesto que durante unas horas, muchos de los nódulos de intercambio de información enviaron y recibieron la imagen de Lam como una especie de canto al coraje. Una imagen que conjugaba, en los primeros momentos, el anhelo de ser una bella osadía que hablaba de libertad, con una inquietante seguridad arropada por una comunidad vestida para la ocasión de rosa y naranja, como si el golpe de suerte de Lam hubiese conseguido encuadrar un cúmulo de aspiraciones y sueños, que no tenían las otras imágenes que aparecieron aquel 16 de junio de 2011.

No obstante, el mundo desbocado -desbocar significa también “quitar la boca a algo”, por lo tanto, un mundo desbocado no podría besar-, del que nos habla Anthony Giddens, trata de un mundo sin frenos (Giddens, 2000), por eso para cuando se conocieron las declaraciones de Lam, la entrevista a los dos jóvenes, las otras imágenes, el testimonio de los testigos, el vídeo con la secuencia completa, inevitablemente, la imagen ya había dado la vuelta al mundo inoculando sentimientos de empatía y heroísmo. Motivos suficientes para despertar el interés de los entresijos de la mercadotecnia. En 2012, una famosa marca de gafas de sol realizó un cartel-anuncio para una campaña publicitaria basada en una imagen donde dos jóvenes se dan un beso lleno de ternura en mitad de una revuelta violenta, con policías, humos, porras y puños cerrados [fig. 23]. Por supuesto, en este caso, y a pesar del caos representado y muy calculado, no hay golpes de suerte -ni golpes, a secas- sino planificación, edición y postproducción.

En una voltereta más por aprovechar los espacios de amplia visualización por parte de los mecanismos de venta de la actual sociedad de consumo sucedió que, en diciembre de 2013, más de dos años y medio después de la derrota de los Canucks en final de la Stanley Cup, me encontraba en el zona comercial de la estación de Chamartín de Madrid y un anuncio de una tienda de ropa de marca italiana me llamó la atención, junto a sus escaparates tenía la cálida imagen del beso instalada como imagen-marca dentro de dos cajas de luz que potenciaban el brillo de los colores [fig. 24]. La campaña publicitaria remataba con las palabras Love wins, escritas con letras delicadas sobre el pavimento donde Alex y Scott aparecían caídos, con la orientación perdida y muertos de miedo.


Fig. 23 Cartel-anuncio de gafas de sol, 2012.
Fig. 24 Fotografía tomada en la zona comercial de la estación de tren de Chamartín en Madrid, a finales de 2013

Como se ha visto, la polisemia contenida en la imagen del beso satisfizo diferentes demandas. Por un lado su aparición colmó algunos menesteres o necesidades que tenían que ver con el momento social que se estaba viviendo, y por otro lado se acomodó en las hornacinas del régimen visual produciendo relaciones input/output con las comunidades donde se construía y a la vez se asilaba. Esta pluralización de significados propició, posiblemente, muchos de los motivos que hizo que la imagen alcanzara notoriedad. Desde un punto de vista interno, los diversos contrastes que contenía la imagen abrieron el paso que la llevó hasta las portadas de diferentes medios de comunicación. Con la forma de un reclamo, de un señuelo, la imagen de los dos jóvenes besándose sobre el pavimento funcionaba como un imán que atraía y concentraba distintos sentidos, ofreciendo la posibilidad de la reinstalación y las múltiples lecturas.

Poco importa lo que supuestamente sucedió aquella noche, su durabilidad en los medios –como dije antes, todavía hoy si se escribe las palabras kiss y riot en un buscador web se repite una y otra vez la imagen de Lam-, su persistencia no habla tanto de los disturbios después del partido, ni de estrategias en los enfrentamientos entre agentes y ciudadanos, ni siquiera de besos, sino de un panorama donde las imágenes, de alguna forma, están a la ventolera de deseos, intereses y fantasmas. Por esta razón, en ocasiones la fuerza con la que una imagen irrumpe en un momento concreto, insta a sospechar no sólo de los mecanismos que impulsaron su impacto, sino también a no perder ojo a la durabilidad de su inercia, por ser un tiempo incierto y lleno de oportunidades, con todo lo que eso conlleva.


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