Re-visiones #8

Investigadoras invitadas

HAY MUCHAS ACADEMIAS (Y ESTÁN) EN ESTA
Impresiones superficiales sobre capitalismo institucional

Selina Blasco

Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid / (selinablasco@gmail.com)


Empiezo desde la disciplina (en el sentido de orden y método) y leo el abstract del call for papers de este número de Re-visiones que quiero que me acoja. Es mucho lo que me interpela y tengo que elegir.

Elijo intentar pensar de otra manera la afirmación que recoge sobre las políticas públicas y privadas que “introducen progresivamente la deuda como una forma de disciplinamiento de las subjetividades” en la universidad. Pablo y Gelen hablan de la universidad y el museo, pero últimamente, cuanto más me acerco al museo más universitaria me siento. ¿Por qué deuda ha de ser sinónimo de disciplinamiento? En estos días estoy despidiéndome de un Programa sin créditos1 y acabo de releer el texto de Fred Moten y Stefano Harney sobre Debt and Study en el que hablan de prescindir del crédito y de reivindicar, mantener y practicar nuestro derecho a una deuda mala, que no puede saldarse, una deuda sin acreedores, una deuda negra, criminal, queer, excesiva, incalculable, sin motivo. Dejar de asociar la deuda a la necesidad de crédito es liberarla y hacer con ella un acto de liberación. En la universidad en la que trabajo abraza esta deuda el estudiante, que es un mal acreedor porque estudia y no quiere aprender conocimientos cuantificables que se evalúan al peso. También la abrazan las comunidades, que lo son de morosos empeñados en serlo cada vez más2 . Soy parte de ellas y escribo indisciplinadamente; es decir, endeudándome.

Elijo sumarme a las iniciativas que intentan escapar a las (odiosas) consecuencias biopolíticas que acarrean las transformaciones estructurales que los estados y las corporaciones privadas infligen a las instituciones. Esas consecuencias son muchas veces cansancio. No quiero cansarme (ni siquiera leyendo lo que escriben otros sobre el cansancio). Voy a empezar a escribir este texto desde algo que ya he escrito. No repitiendo lo ya dicho (que es algo frecuente y cansino en la universidad), sino planteándolo como diversión de un camino ya iniciado. Divertirse, dice María Moliner: “apartar o distraer de una cosa la atención de alguien atrayéndola a otra cosa”. Yo ya estaba en una cosa, que produjo un texto, y me voy a mantener en el empeño con el que trabajé en él, pero desplazándolo hacia otra dirección. Enseguida retomo esto.

Elijo trabajar no tanto complementando “distintos saberes e indisciplinas de fuera y dentro de la Academia”, sino observando, a ver qué pasa, los que ya están dentro. Señalar academias dentro de las academias y que estas academias sean de los “expulsados” (o invisibilizados) en las lógicas del capitalismo académico. Si las Academias deseadas están en ella, ¿“de qué academia hablamos cuando hablamos de la academia”?3

Elijo, y con esto ya termino con las decisiones que explican el punto de partida de lo que sigue, recoger el guante y escribir desde las posiciones situadas desde las que se invita a las potenciales participantes en la revista. Y aquí es donde vuelvo sobre el texto de partida que ya tengo —publicado y todo4 — y sobre la diversión que me está conduciendo a éste. Aquel surgió de un encargo exprés: tenía que escribir sobre arte y revolución y solo tenía una semana. Me agobiaban las prisas y me abrumaba, y me sigue abrumando el alud de datos que impone el acceso global a la información. ¿Cómo trabajar desde esa avidez, esa glotonería? Para defenderme de la tiranía del exceso imaginé una estrategia de emancipación partiendo de la máxima restricción: investigar desde la escasez, pero desde una escasez elegida. Y decidí trabajar solamente con los materiales y los fondos de la biblioteca de Bellas Artes de la Complutense, la facultad en la que trabajo. Quiero que el corpus de referencias que maneje proceda únicamente de este lugar que, como otras bibliotecas universitarias, es un lugar especial. Funciona como un órgano poroso en el cuerpo múltiple y diverso que conforman las instituciones complejas. En ella se pueden disolver y se disuelven parcelas y roles dominantes, se encuentran sectores que habitualmente se clasifican por separado: profesores y estudiantes, por ejemplo. Me gusta pensar que son nuestros cuarteles de invierno.

 

ANOTAR, EXPONER, VANDALIZAR, TRABAJAR

Hay más limitaciones. En el texto sobre arte y revolución ensayé un método que creo que merece la pena mantener porque me condujo a hallazgos extraordinarios: la búsqueda en la biblioteca va a limitarse a libros de carne y hueso. Es analógica. Renunciar a los materiales digitales y en red accesibles a través de la web universitaria y trabajar físicamente con los volúmenes tiene sentido en un edificio en el que recibe la Victoria de Samotracia. Para llegar a la sala de lectura hay que subir por una escalera junto a la Aurora de Guido Reni, toparse de frente con una copia de los frescos de Andrea Mantegna en la capilla Ovetari que se destruyeron en la Segunda Guerra Mundial; ver de refilón unos desnudos académicos intemporales en el llamado Salón de los chulazos en el que gusta de retratarse el personal de la biblioteca que vemos aquí abajo, y encaminarse a los libros por un pasillo flanqueado por muebles que se colocaron en ella el 3 de marzo de 1923, cuando Alfonso XIII presidió su inauguración en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

Sé lo que quiero encontrar en los libros: marcas, huellas de uso. Que muestren algo de lxs usuarixs y que hablen de la universidad desde esta facultad de Bellas Artes. Como pasa tantas veces con las ideas que se tienen entre manos, el tema de las tachaduras, las anotaciones en los libros, las marginalia, está por todas partes. Desde que empecé a ensayar esta investigación situada han llegado a mis dos actividades que, en principio, podrían pertenecer a un universo semejante. Una es la serie Scribbles and Gloss de Nora Turato, una exposición de guiones a máquina que forman la base de sus performances, anotados por ella con “instrucciones a sí misma y lo que parecen garabatos nerviosos”5 . Otra es una reciente exposición londinense, The Annotated Reader, en la que los comisarios Ryan Gander y Jonathan P. Watts invitaron a “creativos, artistas, académicos, escritores, músicos y diseñadores” a que seleccionasen el texto que querrían tener consigo en caso de perder el último tren a alguna parte, aderezándolo con notas, pensamientos, sentimientos, dibujos, etc. Reunieron 281 que colgaron en las paredes de la galería6 .

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Pero no son este tipo de gestos los que me interesan aquí. No se trata de resultados previsibles, ni de autorías, ni de estetización, ni encargos, ni mucho menos piezas que puedan acabar en la exposición. No persigo nada que pueda considerarse meollo de algo. El objetivo que persigo tiene que ver con las potencialidades de la deslocalización y los márgenes. Trabajar con la idea de lo que puede aportar al texto lo que está fuera, pero a su lado. Porque, ¿está realmente fuera? Uno de los Trabajos de Fin de Máster más brillantes que he acompañado últimamente trata, entre otras cosas, de los posibles efectos derivados de la mediatización del slime sobre el trabajo cognitivo. Los efectos potenciales del slime como semiotizador, sí.  Me pongo manos a la obra desde la misma posición que Alberto Martínez, su autor: “Llevo por tanto un elemento periférico, una contingencia, al estatus de objeto de estudio”7 .

Si tuviese que elegir “obras” con las que siento afinidad, o que creo que sugieren el sistema y la posición frente al mundo que me interesa, escogería, por ejemplo, el famoso plano de la caza del Snark, esa “página en blanco”, qué terror, en la que quien ha escrito solo se ha atrevido a hacerlo en los márgenes; o, como reverso, la página negra de Tristram Shandy, tan repleta de texto, legal o ilegal, que la escritura, en ella, se ha cortocicuitado y ha desaparecido.  También me gustan las páginas que Proust construía cuando corregía las pruebas de imprenta que le mandaban sus editores para revisar, y que él reescribía así, desde y con los márgenes. Insisto, se trata sobre todo de quitar centralidad.

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Escudriñar las marcas de los libros, marginalia, subrayados, etc., implica, como acabo de decir, situar un elemento periférico como objeto de estudio. Pero no se trata de cualquier elemento periférico. El contexto de las marcas que persigo es violento. Está el vandalismo ejercido por lxs usuarixs. “Preste atención a sus objetos personales”, advierte uno de los carteles pegados en las mesas. Hay poesía en esta frase, y hay robo. “Recuerde que pintar y subrayar los libros son acciones que nos perjudican a todos”, puede leerse todavía en muchos volúmenes. No es una prohibición directa: es una exhortación que nos recuerda (de forma un poco perversa, que emana cierto tufillo protestante) que el daño nos lo causamos también a nosotras mismas. Y tiene más enjundia: la diversificación de las posibles acciones perjudiciales que sugiere también es interesante, porque subrayar entra dentro de lo previsible, pero, ¿pintar? ¿Será una advertencia específica para facultades de Bellas Artes? Ninguna de las marcas que he encontrado en los libros que he examinado han sido, en sentido estricto, pintadas. Curiosamente, las “artísticas” como las de Nora Turato, sí. Esto puede decir bastante sobre qué tipo de prácticas se ejercen en la academia.

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Al vandalismo individual que se ejerce sobre los libros, la institución responde con violencia “legal”. Ésta, aunque es habitual, es muchos menos perceptible, y casi no la advertimos. La biblioteca marca los libros sin reparo, con lápiz y con bolígrafo, con escudos y rótulos de pertenencia. “No se presta”, “Solo préstamo para sala”… Hay una pelea ahí, un universo de ruegos y prohibiciones incomprensibles fuera de contexto (“¿no dejar los libros sobre la mesa?”) o completamente imposibles de respetar. Toda pelea implica una invitación a la transgresión. Por ejemplo, en este lugar en que el silencio es obligatorio, ¿qué pasa con los ruidos legales? Desde Sopa sólida, un grupo inestable en el que participo junto a Gloria G. Durán y Javier Pérez Iglesias, hemos empezado una lista: que te suenen las tripas, bostezos, bostezos estirándose, bostezos con mano en la boca, bostezos para adentro, suspirar, hipo, pedos, eructos, arrastrar sillas, mover las piernas compulsivamente, que te den pataditas en la pata de tu silla, toses, estornudos, sonarse los mocos, sorberse los mocos, sorber un líquido, beber a grandes tragos, teclear las teclas del ordenador, el sonido de inicio del ordenador, el móvil silenciado, jadear, ponerte bruto, tics sonoros, crujirse los dedos, apagar y encender la lámpara de mesa, mover los libros, que se te caiga un libro, que se te caiga el bolígrafo, que se te caigan las gafas, que se te caiga la funda de las gafas, que se te caiga un zueco, de los de madera, del pie; que se te caiga la baba y sorbas, que se te caiga un pendiente, que se te caiga un collar de doce vueltas, que sea de perlas, que se rompa y que rueden las 12.000 perlas por el suelo, que se te caigan los anillos, que te caigas de un guindo…8

Hay en la biblioteca huellas de violencia que es resultado de ciertas tareas. Una mirada atenta a los rayajos de las mesas revela que seguramente son rectilíneos, y muy prolongados, porque han sido hechos con cúter y regla, quizás cortando los papeles que usan lxs estudiantes de Bellas Artes en ciertos ejercicios. Las acciones sobre los libros que paso a describir también surgen en el trabajo, aunque sea de otro tipo.

 

HALLAZGOS POR ACADEMIA

Al ponerme manos a la obra, dudo sobre qué buscar. No me decido: ¿academia? ¿capitalismo académico? Pruebo, y busco en la web de la biblioteca primero por esto último. Por “tema”, no hay registros coincidentes. Pero el sistema no se da por vencido y propone una alternativa: canibalismo académico. Pincho rápidamente, entusiasmada por la posibilidad de que existan textos sobre un tema así, y no, no hay. Pero ha quedado abierto un insospechado universo para imaginar qué podría llegar a ser. Una de ellas, la más inmediata, es pensar a lxs sujetxs de la academia como cabezas pensantes a fuerza de devorar libros. Sobre todo lxs docentes: en el siglo XII, uno de los más famosos teólogos escolásticos fue el profesor Petrus Comestor o comedor, llamado así por su fama de “devorador de libros”. Pero, en el contexto de cómo nos construye el capitalismo académico, más interesante puede ser pensar que, dado que somos los textos que producimos, el canibalismo contemplaría comernos entre nosotras, unas a otras.

Ya que el capitalismo académico no es “tema”, busco por “palabra clave”. Aquí sí hay registros, pero solo me interesan los impresos que están físicamente en Bellas Artes, y únicamente son 8. Son muy pocos; aunque trabajo desde la restricción, quiero probar con más cosas. Y pruebo a ver qué pasa con “academia”. Ahora salen 104 registros vinculados a la Facultad de Bellas Artes. Son demasiados. Pero como limito mis pesquisas a libros, los resultados se reducen a 83. Siguen siendo muchos, pero como solo me fijo en los que tienen marcas, no tardo tanto en verlos todos. Además, no busco conclusiones basadas en porcentajes o estadísticas. Se trata más bien de reflejar impresiones, y no tengo ningún reparo en que sean apresuradas y caprichosas. Es caprichoso, ciertamente, investigar un tema solo por los libros que tienen marcas, señales o palabras al margen. Escribo sin ninguna pretensión de exhaustividad; se trata más bien de reflejar impresiones a partir de singularidades. Y, por supuesto, sin objetividad. Lo que escribo está totalmente recorrido por la subjetividad. Las preguntas y los problemas nacen siempre de configuraciones personales. Es un trabajo detectivesco, pero amateur.

(Un breve paréntesis necesario: desde hace únicamente un par de meses, el catálogo online de las bibliotecas de la Universidad Complutense ha sido remodelado. Entre las novedades, me llama la atención que lo que antes —cuando trabajé sobre arte y revolución, hace solo un año— se llamaba materia ahora se llama tema. La desmaterialización que implica esta nueva traducción de la palabra subject, que es la que se ha tomado como referencia, merece una breve reflexión en este texto que se está escribiendo con los libros en la mano).

Al hojear los libros, la primera impresión es que han sido poco usados. Los papeles que se pegan al lado de la portada interior en los que se consignan las veces que han sido prestados están casi vacías. La mayoría están impolutos y, precisamente por eso, los descarto rápidamente. Me detengo en los que están en mal estado porque se han gastado a fuerza de usarse, de circular de un lado para otro, de leerse incluso. Aunque dan ganas de cogerlos con pinzas (hasta huelen mal, a sobadillo) y se han tocado tanto que no apetece tocarlos más, suscitan sentimientos de cariño. En los tiempos que corren son, además, fósiles que seguramente cada vez se tocarán menos.

Entre los volúmenes más usados está el titulado La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1744-1808) de Claude Bedat. Tiene poquísimas marcas; una de las personas que lo empezó a leer subrayó con lápiz, nada más empezar, una de sus primeras frases, que además, curiosamente, repite el título: “Real Academia de Bellas Artes de San Fernando”. No hay nada más subrayado en todo el libro, así que, o no siguió leyendo, o no siguió subrayando. Por lo manoseado que está, parece más bien lo segundo9.

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El prólogo en el que está este subrayado es de Enrique Lafuente Ferrari, el primer catedrático de Historia del Arte del estado español, que lo fue en una facultad de Bellas Artes: precisamente ésta desde la que escribo. Yo también soy profesora de Historia del Arte y me gusta esta estirpe. Además, explica que como Bedat analiza el papel que tenía la academia en la Ilustración, se trata de un estudio que trasciende “el mero ámbito de la historia artística, imbricada como está tal iniciativa [la Academia] en la transformación toda de la vida que en el siglo XVIII se intenta”. La universidad transformando la vida, un papel que abrazaríamos hoy mismo sin dudar.

Otro volumen llama mi atención. Es el segundo (tiene tres) del ejemplar de la biblioteca titulado Discursos académicos sobre el arte y la belleza10 . Lo cojo porque, aunque por fuera está inmaculado, dentro es el único que tiene subrayados. Están solamente en uno de estos discursos, el que el pintor valenciano Ignacio Pinazo pronunció en 1916 con motivo de su ingreso en la Academia. Se llama “De la ignorancia en el arte”. El título es crucial para el texto que estoy escribiendo: si lo hubiese buscado a propósito es muy posible que no hubiese dado con él. Pero aquí está, analizando la —cito textualmente— “perfecta ignorancia”. No he averiguado exactamente en qué consiste esta perfección: no quiero leer este texto desde Pinazo ni desde el cuándo y el por qué en el que lo escribió. Solo puedo avanzar algunas ideas sobre cómo ha sido leído por quien lo subrayó. Todas las marcas son de la misma mano: el modus operandi se repite. Lo que le interesa se mete entre corchetes. Y si algo, dentro de esos corchetes, interesa todavía más, se subraya. Como lectora, tener un texto subrayado y anotado por una única persona es peculiar. Es como si el libro me lo hubiese prestado, a mí, alguien que conozco. Aunque no sepamos quién lo hizo, el hecho de que la atención se la lleve solo alguien, hace pensar, aunque sea solo un poco, en la autoría. Por ello compartiría algo de la condición de las obras de los artistas que he mencionado más arriba, pero sin que el gesto, por supuesto, tenga nada de pretencioso.

No es artístico y, sin embargo, imagino a la persona que subraya como alguien comprometido con la práctica artística pero que no forma parte del sistema, o, por lo menos, no totalmente. Lo que no se sabe es si es o no por elección personal: “Otros elementos del entorno del artista, perfectamente ignorantes, son algunos críticos de arte”, escribe Pinazo. Apuntando con una flecha, hay una anotación manuscrita: “El xq. de estar fuera del circuito”. Se trata de una anotación “natural” en una facultad de Bellas Artes en la que una abrumadora mayoría de docentes, por muy diversas razones, está, efectivamente, fuera del circuito. Bastarían los dedos de las manos para enumerar el calendario anual de las exposiciones en las que participan, por pensar en uno de los indicadores del pertenencia al mencionado sistema.  ¿Será docente el lector que ha marcado el libro? Lo que es evidente es que es una persona preocupada por el tiempo. También ha subrayado: “Todo lo bueno es moderno, por siglos que esté hecho es joven. Lo malo es siempre viejo y árido”. Y: “Hay quien vive toda la vida y hay quien vive todos los días”.

Anotaciones melancólicas. Otras son absolutamente enigmáticas. En un libro publicado con ocasión de un congreso internacional sobre academias de arte celebrado en Guanajuato, como si de una dedicatoria se tratase, alguien ha escrito, entre otras cosas —una de ellas es una referencia a una biografía Frank Sinatra y otra a algo que relaciona a Ana con un teléfono—: “Dios interviene”11 . Estar en los libros y estar en otra cosa. Escritura distraída, saberes distraídos.

Sigo con más cosas. Si hay un libro sobre “academia” en la biblioteca de Bellas Artes que está manoseado y marcado a partes iguales es Las academias de arte, pasado y presente, de Pevsner12 . En los tres ejemplares disponibles, al contrario que en el Discurso de Pinazo, hay un verdadero compendio de modos de actuar que sugiere un sinfín de lecturas posibles e imaginables. Una vez que se abre el fuego y alguien subraya el libro de una manera, quienes siguen desencadenan una espiral de violencia: lápiz negro, lápiz rojo, bolígrafo. ¿Cómo hacer visible tu marca sobre las restantes? Aparece aquí otra forma del texto, asteriscos, líneas onduladas sobre líneas rectas (casi tachaduras), flechas, “ojo”… Son como un catálogo de posibilidades.

Previsiblemente, en la universidad, se marca porque se estudia. El libro de Pevsner se ha estudiado. Lo evidencian señales que marcan conceptos o datos fundamentales, palabras que resumen… Pero hay más rastros dignos de mención. En un sistema de aprendizajes impuestos en el que optimizar el estudio es dedicarle lo justo para aprobar, los “noes” escritos en el índice podrían dejar constancia de los capítulos que no entran en el examen (los III, IV, V y VI)13 . El estudio rentable, el que, recuperando las palabras de Moten y Harney del inicio, se piensa en términos de “crédito del bueno” —el oficial—, a pesar de serlo, a pesar de su triste y mezquina instrumentalidad, deja a veces espacio para que se manifiesten malestares. Por ejemplo, el del estupor, ante los latinajos, de quien ha sido hurtado al conocimiento de las lenguas clásicas. ¿Por qué, si no, los signos de interrogación que abrazan los párrafos escritos en idiomas incomprensibles? Su tamaño grita14 .

También hay lectoras emancipadas que discrepan. Al margen del párrafo en el que puede leerse: “… si hoy en día leemos algo sobre la `academia de Viena’, sin duda pensaremos que se refiere a una institución gubernamental que elige a distinguidos especialistas representativos de la investigación científica, histórica y filológica del más alto nivel”, alguien ha escrito, a lápiz: NO15 . Y se aburren y se distraen, y hacen monigotes, como el personajillo, delicioso en que han convertido los números de la fecha que marca el comienzo del capítulo de Barroco y Rococó 16 . Su aburrimiento ameniza nuestra lectura. Después de leer a Jorge Van den Eynde, esos dibujitos que parecen memes serían como las bestezuelas y las florecillas de las marginalia medievales. Como los memes, se “aligera la densa realidad que nos rodea a través de una visión paródica o antagónica”17 .

Adjudicar determinado tipo de marcas a docentes o estudiantes es arriesgado. Pensar esta distinción en la biblioteca, en relación a los libros, no procede. Si algo tienen las bibliotecas universitarias es, como he dicho más arriba, que en ellas se disuelven los roles que funcionan en otras partes. Pero no puedo dejar de pensar que quien ha corregido fechas inexactas, sea quien sea, se manifiesta desde una condición de expertx. Un 1536 modificado a un 1563; un 1574 a un 177418 . Facilitación anónima y saberes especializados. Una muestra de esa porosidad señalada sería el consenso: hay una frase, —“el objetivo primordial de la academia es educativo”— que está subrayada, con distintos niveles de énfasis, en los tres ejemplares del libro de Pevsner de la biblioteca.

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CODA

Recorrer los volúmenes que he decidido explorar ha supuesto, en mi caso, averiguar cosas que señalan la existencia de unos saberes que hacen posible la construcción de conocimiento en una suerte de academia, con minúscula, que está dentro de la Academia (con mayúscula). Al empezar, me hacía eco de la pregunta de Gelen y Pablo acerca de lo que decimos cuando hablamos de academia, y acerca de las academias deseadas. Ahora digo que lo que he encontrado es una academia deseada que está dentro de la Academia indeseable. Soy muy crítica con la institución universitaria, pero la instrumentalización del malestar para destruir lo público me provoca mucho más dolor todavía. Pues bien, escribir con estos materiales y en este lugar me reconcilia con ella.

Esta academia con minúscula es de insumisxs, y con ella es posible construir un conocimiento que nunca sería visible si se respetasen las lógicas del capitalismo académico. Es una academia en la sombra, y la fuerza de su presencia es que siga ahí, como fantasma. Hace unos días, recibí un correo anónimo de Fakebook que da cuenta de acciones clandestinas que, se me decía, podrían ser de interés para mi investigación. ¿Con quién estoy trabajando? ¿A qué comunidad me estoy uniendo, casi sin darme cuenta? Somos más de las que creemos, las que estamos construyendo en el margen, en los huecos que existen en la institución oficial que quiere someternos a sus ritmos y a sus demandas. Estamos en la universidad, permanecemos en ella, descansamos.

Lucía Calafate

Lucía Calafate en la Biblioteca, haciendo la tesis. Foto de Valerie de la Dehesa


Bibliografía

Las Academias de Arte. VII Coloquio Internacional de la Universidad de Guanajuato, México, UNAM, 1985.

S. Aldana Fernández, (ed.), Discursos académicos sobre el arte y la belleza, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, Real Academia de San Carlos de Valencia, 2004-2006, 3 vols.

C. Bedat, La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1744-1808), Madrid, Fundación Universitaria Española, 1989.

S. Blasco, G. G. Durán y F. Pérez Iglesias, “De sonidos sólidos. El arte de sorber sin caldo”, VI Encuentros de Sociología ordinaria, https://sociologiaordinaria.com/sonidos-solidos/

S. Blasco, Varia académica indisciplinada, en P. Valls, (ed.), Revolución, Ciudad de México, Con(Tensión) editorial, 2017, https://eprints.ucm.es/46701/

L. Insúa y S. Blasco, “En negrita. Buscar las palabras para encontrar los modos”, Programa sin créditos en modo celebración. Otros relatos sobre comunidades artísticas de aprendizaje. Madrid, Ediciones Asimétricas y Comunidad de Madrid, 2018.

A. Martínez Muñoz, Slime. Carne y código, 2018, https://eprints.ucm.es/49408/

F. Moten y S. Harney, Debt & Study, e-flux 2010, https://www.e-flux.com/journal/14/61305/debt-and-study/

N. Pevsner, Las academias de arte, pasado y presente, Madrid, Alianza, 1982.

This is Jackalope nº 1 (2018), pp. 98-107.

J. Van den Eynde, “¿Qué relación hay entre el arte medieval e internet?”, en Filosofía & Co, [en línea], https://blogs.herdereditorial.com/filco/relacion-arte-medieval-e-internet/


Notas

[1] https://programasincreditos.org/

[2] Fred Moten y Stefano Harney, Debt & Study, https://www.e-flux.com/journal/14/61305/debt-and-study/

[3] Estas posiciones preliminares repiten algunas negritas que ya están en el abstract de Re-visiones y marcan otras nuevas. He ensayado, junto a Lila Insúa, dibujar nuevos textos con negritas dentro de textos preexistentes en “En negrita. Buscar las palabras para encontrar los modos”, Programa sin créditos en modo celebración. Otros relatos sobre comunidades artísticas de aprendizaje. Madrid, Ediciones Asimétricas y Comunidad de Madrid, 2018. Juntas formamos parte, también, del grupo que trabaja desde el Proyecto I+D La incorporación de las comunidades artísticas universitarias a los relatos de la modernidad y del presente (HAR-2015-64469-P).

[4] Selina Blasco, Varia académica indisciplinada, en Pierre Valls, ed., Revolución. Ciudad de México, Con(Tensión) editorial, 2017, https://eprints.ucm.es/46701/

[5] This is Jackalope nº 1 (2018), pp. 98-107.

[6] https://www.artrabbit.com/events/the-annotated-reader

[7] Alberto Martínez Muñoz, Slime. Carne y código, https://eprints.ucm.es/49408/

[8] “De sonidos sólidos. El arte de sorber sin caldo”, VI Encuentros de Sociología ordinaria, https://sociologiaordinaria.com/sonidos-solidos/

[9] Claude Bedat, La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1744-1808). Madrid, Fundación Universitaria Española, 1989. Signatura en Bellas Artes UCM, DE061.23(460.27):7BEDrea

[10] Salvador Aldana Fernández, ed. Discursos académicos sobre el arte y la belleza. Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, Real Academia de San Carlos de Valencia, 2004-2006, 3 vols. Signatura en Bellas Artes UCM, LA7.01(042)DISald(I, II y III).

[11] Las Academias de Arte. VII Coloquio Internacional de la Universidad de Guanajuato. México, UNAM, 1985. Signatura en Bellas Artes UCM, DE061.23(72):7INS

[12] Nikolaus Pevsner, Las academias de arte, pasado y presente. Madrid, Alianza, 1982. Signatura en Bellas Artes UCM, 061.23:7PEVaca, 3 ejemplares con distintos registros: 8.706, 6071 y 8201.

[13] Ejemplar con registro 8.706

[14] p. 17 del ejemplar con registro 8.706

[15] p. 31 del ejemplar con registro 8.706

[16] p. 58 del ejemplar con registro 6.071

[17] J. VAN DEN EYNDE, “¿Qué relación hay entre el arte medieval e internet?”, Filosofía & Co, [en línea], Disponible en: https://blogs.herdereditorial.com/filco/relacion-arte-medieval-e-internet/ Cfr. en Alberto Martínez Muñoz, Op. cit. supra.

[18] pp. 44 y 103 del ejemplar del 6.071, respectivamente.


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